Amartya Sen O La Economia Como Ciencia Moral


Publicado el 25/Octubre/1998 | 00:00

Quito. 25 oct 98. Amartya Sen ha consagrado un modo distinto
de aproximarse a los fenómenos económicos, y viene del tercer
mundo

En una sociedad compleja, el saber de los especialistas es más
que necesario, pero el viento de pánico que sopla en el
capitalismo mundial anuncia el fin de la arrogancia
injustificada de los expertos.

Ojalá este Nobel pueda señalar a la comunidad de los
economistas, muchas veces cegada por sus propios juegos de
espejo, que ya viene el tiempo de la humildad democrática y de
la responsabilidad social.

Hace poco, la Reserve Federal de Estados Unidos tuvo que
organizar un plan de salvamento de 5.000 millones de dólares
para responder al naufragio de la Long Term Capital Management
(LTCM), sociedad norteamericana de fondos de cobertura que
había perdido 19.000 millones de dólares. En la dirección de
la LTCM colaboraban los dos laureados del Nobel de economía de
1997, Robert Merton, de Harvard, y Miron Scholes, de Stanford,
premiados por sus investigaciones sobre la formación de
precios en los mercados de instrumentos financieros derivados.

El humilde ciudadano no economista, asombrado por tal noticia
y angustiado por la tormenta financiera internacional, no sabe
si vale mejor reirse o llorar. Al menos podrá desde ahora
gozar de un verdadero motivo de alegría intelectual con la
elección de Amartya K.

Sen como premio Nobel de economía 1998. Hace años que no se
premiaba a un economista que no sea siervo de una estrecha
ortodoxia neoclásica. Además de ser un hombre de
preocupaciones sociales progresistas, Sen es el primero
laureado oriundo del tercer mundo. Las agencias de prensa han
justamente insistido en sus trabajos sobre la hambruna, la
pobreza y la distribución desigual de ingresos y
oportunidades. Sus investigaciones hacen parte de un esfuerzo
colectivo que ha empezado a desplazar la dictadura del PIB en
las medidas internacionales oficiales del bienestar y del
desarrollo humano.

Pero Amartya Sen es mucho más que un experto con conciencia
social. En su libro "Sobre ética y economía", reivindica la
vigencia de una tradición que no separa la investigación
económica de la reflexión moral, como en las obras de
Aristóteles, Adam Smith, Karl Marx o John Stuart Mill,
mientras una concepción más "mecanista" de la economía
prevalece en Quesnay, Ricardo, Cournot o Walras. No se trata
solo de "moralizar" la economía, pero sí de poner la
sofisticación de los modelos económicos al servicio de
decisiones éticas (y de política pública) que implican dilemas
lógicos y técnicos muy complejos.

Sin renegar nada del rigor de la "ciencia tétrica", como la
llamaba Carlyle, Sen reanuda el diálogo con la filosofía
política, y en particular la teoría de la justicia de John
Rawls, ofreciendo su propio criterio sobre los fundamentos de
una justa distribución de los recursos sociales. Interpreta la
libertad humana no como simple ausencia de coerción u
oportunidad de satisfacer preferencias discretas y
cuantifiables, sino como conjunto de capacidades
(capabilities) para desarrollar funciones humanas (human
functionings) fundamentales. En la misma línea, denuncia la
teoría económica del agente racional desprovisto de
dimensiones morales, culturales y afectivas como teoría del
"idiota racional".

Filósofo riguroso de la libertad y la igualdad, Amartya Sen es
también un humanista polifacético capaz de escribir en una
prosa límpida sobre el fundamentalismo hindú, los problemas de
género en Asia, el falso debate sobre universalismo y "valores
asiáticos", y hasta el aporte estético y cultural del genial
cineasta bengalí Satyajit Ray. Se podría también interpretar
este Nobel como un reconocimiento implícito a la potencia
intelectual de ese extraordinario país-continente que es
India. Era tiempo que el tercer mundo no sea admitido en el
patrimonio cultural mundial solo a través de la literatura y
del folclor, vistos como fuentes de exotismo barato y de
"realismo mágico" para una clase media occidental ahogándose
en la jaula de hierro de la racionalidad moderna. La mayor
democracia postcolonial es uno de los laboratorios gigantes
(como Brasil, México, Suráfrica o Indonesia) donde se
experimentan los futuros patrones de convivencia de la nueva
humanidad globalizada. Su exclusión de la conversación
filosófica y teórica mundial empobrece nuestra capacidad de
entender problemas e imaginar soluciones, por la estrechez
eurocéntrica de lo que Sen llama la "base informacional" de la
discusión de los valores fundamentales. Así, su modo de salir
del falso debate entre libertad formal y libertad real (más
adecuadamente reformulado en la filosofía contemporánea como
debate entre libertad negativa y libertad positiva) a partir
de un vaivén argumentativo entre la realidad social del tercer
mundo y las intuiciones morales universalistas es un ejemplo
de la capacidad de Sen de proponer otros patrones de
racionalidad y desafiar el pensamiento liberal (y marxista)
occidental en su propio terreno, sin apelar a mitos populistas
nostálgicos.

En este tiempo de "medidas" y ajustes, vale la pena volver a
una conferencia de 1996 en la cual Sen tocaba el tema del
dilema entre obligaciones sociales del Estado y exigencias de
rigor financiero (especialmente en el control del déficit
presupuestario y de la deuda pública). Para Sen, ese tipo de
problema nos obliga, por un lado, a definir con claridad en un
debate abierto y público el contenido y la coherencia de los
principios de justicia que juzgamos deseables y factibles, y
por otro lado a volver más transparentes los criterios del
manejo de los recursos del Estado.

No son solo las ideas progresistas y socialistas las que
plasman nuestras concepciones de la justicia social, subraya
Sen, y por eso los fracasos o las dificultades de tal o cual
solución institucional de inspiración socialista que no
eliminan la crítica al capitalismo. Es el desarrollo mismo del
capitalismo que fortalece la interdependencia, la interacción
y la cooperación social y suscita el cuestionamiento a la
distribución de la riqueza colectiva. Aunque no le guste a los
ultra liberales, la noción de "responsabilidad social" tendrá
un sentido siempre más fuerte. La preocupación por la
estabilidad macroeconómica es imprescindible porque los
efectos de una dinámica inflacionista incontrolable pueden
resultar trágicos. Pero eso no justifica las posiciones
extremistas anti inflación y anti déficit que no consideran
los costos sociales, como en el debate sobre el balance
presupuestario en Estados Unidos, o en los criterios
económicos de la integración europea. Además, el rigor
financiero debe ser aplicado a todos los rubros
presupuestarios, sin que queden vacas sagradas intocables,
como los gastos militares o ciertas empresas públicas
ineficientes.

La exigencia de equidad nunca es más grande que cuando se
requieren sacrificios. El balance entre necesaria disciplina
financiera y obligaciones de justicia debe ser objeto de una
verdadera "terapia del consenso" ejercitada mediante la más
amplia participación democrática. Aquí, como en sus trabajos
sobre la hambruna, Sen subraya la importancia de la democracia
como comunicación transparente y capacidad de movilización
colectiva.

Antes que lamentarse del "horror económico" y de la malvada
globalización, una moderna crítica de la economía política
debería poner los instrumentos y conceptos de la disciplina
económica al servicio de un proyecto normativo más amplio y
meditado. Los problemas de estabilidad macroeconómica no son
una invención de oscuras fuerzas reaccionarias, pero tampoco
son simples problemas técnicos para quien "sí sabe como
hacer". Los dilemas económicos son siempre cuestiones éticas y
políticas. Escribe Sen: "Los problemas sociales pueden ser
solucionados solo mediante opciones sociales fundadas en la
participación de los ciudadanos, con discusiones y debates
abiertos. Están en juego tanto los objetivos últimos como los
instrumentos prácticos y, aún más importante, los
procedimiento mediante los cuales esos objetivos e
instrumentos son evaluados. Una indicación unilateral, aunque
venga de los mejores expertos, no puede ofrecer ninguna
solución" en una sociedad compleja, el saber de los
especialistas es más que necesario, pero el viento de pánico
que sopla en el capitalismo mundial anuncia el fin de la
arrogancia injustificada de los expertos. Ojalá este Nobel
pueda señalar a la comunidad de los economistas, muchas veces
cegada por sus propios juegos de espejo, que ya viene el
tiempo de la humildad democrática y de la responsabilidad
social. (DIARIO HOY) (P. 5-C)

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