Quito. 20.10.93. Con el acelerado proceso de transformación de la
ciudad, la funcionalidad de la infraestructura urbana tiende a
cambiar. De un tiempo a esta parte se observa en América Latina
un cambio de óptica debido al nuevo carácter que asume dentro del
desarrollo urbano el incontenible incremento de los déficit y a
la baja calidad de la misma.

En ello tiene mucho que ver el agudo crecimiento de las ciudades
que se vive desde la segunda posguerra, al desarrollo tecnológico
y el avance neoliberal que tiende a redefinirlas en el contexto
de la llamada modernización del Estado, con lo cual pasan de
prestatarias de servicios a objeto de beneficios.

Tanto la infraestructura urbana como la ciudad son productos
históricos, que con el paso del tiempo, van transformando sus
características y relaciones. Antiguamente, por ejemplo, el
transporte urbano no tenía el peso que en la actualidad lo tiene,
porque en ciudades pequeñas y con pocas funciones son menores las
necesidades de movilización de las personas y los bienes.

La justificación de la infraestructura

El metro y el trolebús se justifican en ciudades donde deben
movilizarse significativos números de personas, desde grandes
distancias y de manera rápida.

Conforme las ciudades se hacen más grandes y complejas, requieren
de un mayor número y calidad de infraestructuras. Hoy son más que
antes y cada una de ellas tiene un sentido en la relación con las
otras: la energía eléctrica no solo que está enlazada con las
comunicaciones y agua potable, sino que ahora son sistemas
interurbanos interconectados que, incluso, superan los límites
nacionales.

En la actualidad cada una de ellas y su conjunto, cumplen más
funciones de las que originalmente estaban previstas: si el agua
potable estaba destinada de manera exclusiva al consumo humano,
hoy está ligada -entre otros- al aparato productivo, a la
legitimación del orden social, a mejorar la calidad de vida de la
población y a que opere en la ciudad.

La transformación del carácter de las infraestructuras conduce a
entenderlas bajo una consideración dinámica, de concebirlas como
un flujo continuo. Ya no se trata de privilegiar una de las
etapas del proceso -generalmente la producción de la
infraestructura- sino de verla como un sistema que tiene varios
momentos diferenciados que deben recibir la misma atención.

Esta condición es fundamental a la hora de estructurar políticas
porque, por ejemplo, en la basura se ha puesto la atención
principal en la disposición de los deshechos, más que en la
reducción de la propia producción de basura en la fuente.

En el caso del agua potable, el énfasis ha estado dado en la
producción de nuevos caudales, más que en la reducción del
desperdicio o la mejora de la distribución.

En la energía eléctrica se privilegia la producción por sobre el
control del consumo. Y así por el estilo, se puede ir viendo como
cada infraestructura, en cada ciudad, privilegia alguna etapa del
proceso, con todas las distorsiones que ello provoca.

Un desarrollo diferenciado

Pero el carácter dinámico también tiene que ver con la
articulación de las infraestructuras producidas en épocas
históricas distintas, debido a que se fueron desarrollando de
manera diferenciada a lo largo del proceso de cada ciudad: de la
telefonía alámbrica o inalámbrica a la celular.

De esta manera, dentro del proceso urbano de la ciudad coexisten
infraestructuras de diversas tecnologías y funciones, de tal
manera que, mientras en algunos casos se debe tener en cuenta su
mantenimiento y reposición, en otros será necesario incrementar
sus ámbitos de cobertura.

Hoy en día se llega a la situación de que las infraestructuras
son protagonistas centrales de la operatoria de las ciudades y,
por lo tanto, uno de los ejes de la conflictividad urbana.

Paulatinamente las ciudades tienden a depender más de las
infraestructuras, con lo cual hay dos efectos claros: por un lado
el eje de desarrollo urbano se traslada a la producción del suelo
urbano a la producción de las infraestructuras y, por otro lado,
la vulnerabilidad de la infraestructura se incrementa
substancialmente, al extremo de afectar al conjunto de la ciudad.

Infraestructuras vulnerables

El terremoto de México en 1985 nos mostró que la infraestructura
de comunicaciones centralizada, tal como ocurre con la ubicación
de las Antenas de Pichincha en Quito, no sólo hace una
infraestructura vulnerable en sí misma sino también al conjunto
de la ciudad.

Pero, paradójicamente, también hay ciertas infraestructuras que
se van en contra de su propia razón de ser: En Quito, la zona
hospitalaria está ubicada en un lugar de importante riesgo
natural. El aeropuerto y el Beaterio son infraestructuras que
incrementan los riesgos del norte y sur, respectivamente.

Por otro lado, tampoco se puede desconocer que la ausencia de las
infraestructuras en ciertas zonas de la ciudad hace más
vulnerables a los habitantes.

Beneficio o servicio

De allí que un aspecto medular para la mejora de la calidad de
vida de la población: reducir la vulnerabilidad de la ciudad e
incrementar la participación social sea el tema de la gestión de
las infraestructuras.

En su tratamiento actual se perciben posiciones dicotómicas
irreconciliables que poco aportan al debate de sus soluciones:
los que plantean que deben ser producidas exclusivamente por el
sector privado (beneficio), o las de su antítesis, que el Estado
las debe proveer (servicio).

Lo que sí es claro es la necesidad de su orientación a la
demanda, la participación de un financiamiento de distinto orden
y la generalización de una cultura de pago.

Y, también, que el marco institucional de gestión de las
infraestructuras se vinculen: no puede ser que INECEL, IEOS y
EMETEL, entre otras, no sólo que no tienen relaciones claras
entre sí, sino que tampoco se inscriben en una política nacional.

La discusión alrededor de la tecnología también debe
incorporarse, no sólo porque la ciudad es el espacio fundamental
de la innovación, sino también porque los crecientes
requerimientos de infraestructura urbana dependen, en gran
medida, de opciones y desarrollo tecnológicos.

En otras palabras, las ciudades no solo son escenarios del cambio
tecnológico, sino también su producto.

Sin duda que la apertura de foros de discusión permitirá
consensos de solución, con lo cual se podrá superar el problema
de que tal como se están produciendo las infraestructuras
urbanas, son incapaces de mejorar la productividad urbana, las
condiciones de vida de la población mayoritaria y el
funcionamiento armónico de la ciudad. (10B)
EXPLORED
en Ciudad N/D

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