Quito. 24. jul. 97. América, en particular, exalta hoy el
aniversario 214 del natalicio de uno de sus más preclaros
hijos, en quien convergieron para convertirse en ejemplo
perpetuo de sus pueblos, el genio militar, el ideal
emancipador y la inteligencia visionaria por la unión y paz de
nuestros países.

Predestinado como estaba a ser el protagonista de muchísimas
páginas de la historia universal, solo 47 años le bastaron a
Simón Bolívar Palacios para desarrollar y consolidar una
extraordinaria acción muy comparable a la que emprendieron
otros grandes personajes del mundo, caracterizados igualmente
por su nobleza, su visión constructora y la entrega
desinteresadas a las justas causas de la humanidad, que en
definitiva son las que salvan los siglos y permanecen como
ejemplo imborrable en la mente de los hombres.

Cuando Bolívar, el Padre de Cinco Naciones, expiró en la
modesta alcoba de la quinta San Pedro Alejandrino (Santa
Marta, Colombia) la tarde del 17 de diciembre de 1830, hasta
ese instante memorable toda su existencia había estado
acompañada de singulares episodios plenos de humanismo y
virtudes que nacieron con él en la trescendental fecha del 24
de julio de 1783, en el instante mismo en que su llanto de
saludo al mundo fue recibido con enorme alegría en la casa de
sus padres en la colonial ciudad de Santiago de León de
Caracas, capital de la Capitanía General de Venezuela.

Orfandad Prematura

Simón José de la Santísima Trinidad, nombres con que fue
bautizado el 30 de julio del mismo año, se convirtió en el
cuarto y último hijo de Juan Vicente Bolívar y María
Concepción Palacios Blanco.

A temprana edad perdió a sus progenitores, pero tuvo la suerte
contar con el afecto y apoyo tanto de sus familiares como de
maestros de la talla de Miguel Sanz, Andrés Bello y el
entrañable Simón Rodríguez (Simón Carreño Rodríguez), quienes
sembraron en su alumno los nobilísimos ideales que día a día
invocamos.

Talento cultivado

Sin olvidar jamás las enseñanzas de sus valiosos preceptores,
el joven Bolívar comenzó a triunfar en la vida militar.

Los mismos deseos de superación lo hicieron viajar a Europa,
donde acumuló conocimientos y se integró a la vida social y
cultural. De allá retornó casado a la patria (1802) pero casi
enseguida enviudó, situación que determinó un nuevo viaje a
ese continente.

Observador minucioso de la política imperante en tierra
europea, siguió uno a uno los sucesos ocurridos durante su
permanencia. Fue entonces que inspirado por el deseo de ver
en libertad a los pueblos americanos oprimidos -entre estos su
patria- lanzó su célebre juramento en el monte Sacro (Roma,
Italia, agosto de 1805) teniendo como gran testigo a su
querido maestro Simón Rodríguez.

En plena lucha

DE nuevo en su natal Venezuela, Bolívar participó en las
luchas lideradas por el precursor Francisco de Miranda.
Triunfos y derrotas, misiones delicadas y decisivas surgieron
en la ruta del batallador personaje que nunca olvidó el
compromiso adquirido tiempo atrás en la colina que rodea en
unión de otras a la ciudad romana.

Con plenitud de bríos el caraqueño reanudó su quehacer
político y militar en 1811. DE allí, pues, la Campaña
Admirable iniciada en 1813, el discutido Decreto de Guerra a
Muerte promulgado en igual año, y la Carta de Jamaica de 1815.

Jornadas Claves

Obstentando el meritísimo título de Libertador, Bolívar pudo
observar que en el sentimiento nacionalista se afianzó en los
pueblos americanos y ello lo inspiró a redoblar esfuerzos por
una liberación total.

Una mejor organización de las fuerzas patriotas determinó que
desde 1818 la victoria casi siempre acompaña a sus compañeros
de armas, desenlace que así mismo ratificaba sus virtudes de
estratega puestas de manifiesto al planificar campañas,
recomendar acciones o participar de forma directa en los
combates.

Las batallas de Boyacá (1819) y Carabobo (1821) son
testimonios fehacientes de su genialidad y temple, que de
igual forma los puso en prueba en el histórico Paso de los
Andes.

El Congreso de Angostura (1819) que le ratificó el título de
Libertador en 1820 y a entrevista con el Protector San Martín
en Guayaquil (1822) dieron mayor prestigio a sus cualidades de
estadista.

Soldado Infatigable

En pleno apogeo de su carrera militar y política, el
Libertador compartió con sus huestes y colaboradores los
triunfos de Ayacucho y Junín (1824), la Fundación de la
República de Bolivia (1825) y el Congreso Anfictiónico de
Panamá (1826).

Las vicisitudes y demostraciones de envidia, incomprensión y
odio gratuito por parte de falsos amigos e innobles colegas de
uniforme que no supieron valorarlo, se atenuaron con el amor y
la admiración que le profesaba la quiteña Manuelita Sáenz, a
quien conoció en junio de 1822.

Ultimos momentos

Como consecuencia del trabajo desleal de líderes impostores
que obedeciendo a ambiciones de todo tipo lo infamaron y
dieron al traste con su obra integracionista, el héroe
venezolano se sintió defraudado y su salud desmejoró
aceleradamente.

Para el colmo de las cosas vinieron la invasión del Perú al
Distrito del Sur, la definitiva disolución de la Gran Colombia
y el asesinato de uno de sus más fieles y distinguidos
ayudantes como lo era Antonio José de Sucre (1830).

Así entonces los dolorosos momentos no se hicieron esperar,
pese a que el libertador abrigó la esperanza de vencer los
terribles obstáculos. Enfermo y asistido de unos pocos amigos
el 1 de diciembre llegó al pueblo de Santa Marta, Colombia, y
por una gentileza del español Joaquín de Mier pasó a
hospedarse en la quinta San Pedro Alejandrino.

Asistido por el médico Próspero Réverend aprovechó las pocas
fuerzas que le quedaban para escribir a sus amigos pidiéndoles
que salven la unidad de la Gran Colombia, y además para dictar
su elocuente proclama, su testamento y esperar serenamente la
llegada de la muerte, que para inmenso dolor de los pueblos
liberados por su espada lo remontó a la gloria en la tarde
decembrina de 1830.

Una anécdota del pequeño Simón

"Entre el pupilo y el tutor, don Miguel Sanz, mediaba treinta
años de edad, lo suficiente, al parecer, para que el viejo,
que así llamaban a los espíritus serios, tenaces en el
cumplimiento del deber, pudiera imponerse a un niño de tan
pocos años. En los primeros días el tutor apareció suave y
cariñoso, pero a proporción que este método fue quedando en
desuso, el tutor fue acentuando las observaciones y consejos,
hasta que llegó a mandar con carácter paternal e imperativo.

-Cállese usted y no abra la boca- le decía con frecuencia,
cuando en las horas de almuerzo o comida el niño quería
mezclarse en la conversación. Y el muchacho, que era muy
tunante, aparentando cierta seriedad, dejaba el cubierto y
cruzaba los brazos sobre el pecho.

-¿Por qué no come usted?- Pregunta el licenciado.
- Usted me manda a que no abra la boca-

En cada una de estas ocurrencias e tutor había de reírse,
aunque en la mayoría de las veces permanecía serio al lado del
pupilo.

-Usted es un muchacho de pólvora- le decía el tutor en cierta
ocasión.

-Huya porque puedo quemarlo- contesta Bolívar; y lleno de risa
se dirige a la señora Sanz y le dice:

-Yo no sabía que era triquitraque-

Simón y el tutor salían casi todas las tardes a caballo, y
retornaban después de horas de paseo. El licenciado montaba
su caballo zaino y el pupilo un burro negro algo perezoso. El
maestro aleccionaba al discípulo, aprovechando cualquier
incidente que mereciese darle una lección.

-Usted no será jamás hombre de a caballo- preguntó el niño.
El licenciado da una explicación satisfactoria, a la cual
responde Simón:

-¿Y cómo podré yo ser hombre de a caballo- dice el licenciado
a Simón, que no tenía compasión del asno.

-¿Qué quiere decir hombre de a caballo- preguntó el niño. El
licenciado da una explicación satisfactoria, a la cual
responde Simón:

-¿Y cómo podré ser un hombre de a caballo montando en un burro
que no sirve ni para cargar leña?

Y fue tan hombre de a caballo que, cuando murió en Santa
Marta, en 1830, a la edad de cuarenta y siete años, notóse que
tenía en cada posadera un enorme callo. Había recorrido,
durante veinte años, las pendientes, llanuras, valles, costas,
las principales ciudades de la América del Sur, y el dorso de
la tierra desde las costas de Paria hasta las cimas del Cuzco
y Potosí y orillas del elevado Titicaca".

Un Retrato

"Era Bolívar hombre de talla poco menos que mediana, pero no
exenta de gallardía en sus mocedades; delgado y sin
musculación vigorosa; de temperamento esencialmente nervioso y
bastante bilioso; inquieto en todos sus movimientos,
indicativos de un carácter sobrado, impresionable, impaciente
e imperioso. En su juventud había sido muy blanco (aquel
blanco mate del venezolano de raza pura española); pero a cabo
le había quedado la tez bastante morena, quemado por el sol y
la intemperie de 15 años de campañas y viajes; tenía el andar
más bien rápido que mesurado, pero con frecuencia cruzaba los
brazos y tomaba actitudes esculturales sobre todo en los
momentos solemnes.

Era Bolívar hombre de lenguaje rápido e incisivo, así en la
conversación (en la que no pocas veces fue indiscreto),
siempre animada, breve y cortante a la veces agudas, como en
sus discursos y proclamas; y si en estas piezas se mostraba
grandilocuente, deslumbrador y siempre original y encumbrado,
en la correspondencia con los amigos o con los altos
personajes, bien que razonaba y mostraba sencillamente su
saber histórico, era más perentorio que persuasivo, que de
ordinario escribía cartas lacónicas, sustanciosas o de pocos o
ningunos pormenores...".

Pensamientos Bolivarianos

El Hombre
Las cosas para hacerlas bien es preciso hacerlas dos veces:
La primera enseña la segunda. (Carta al Gral. Sucre, 24 de
mayo de 1823)

El Estadista
La Justicia es la reina de las virtudes republicanas, y con
ellas se sostiene la Igualdad y la libertad. (Discurso en
Bogotá, 13 de enero de 1815).

El Patriota
El hombre de honor no tiene más patria que aquella en que se
protegen los derechos de los ciudadanos y se respeta el
carácter sagrado de la humanidad. (Carta al militar español
Francisco Doña, 27 de agosto de 1820).

El Político
La corrupción de los pueblos nace de la indulgencia de los
Tribunales y de la impunidad de los delitos. Mirad, que sin
fuerza no hay virtud, y sin virtud perece la República.
(Discurso ante el Congreso de Ocaña, 29 de febrero de 1829).
(Texto tomado de El Universo)
EXPLORED
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