Quito. 2 ago 2001. (Editorial) Rosita: Me alegré tanto al saber que te
has ganado $10 000 por un trabajo de dos días. Tengo unas ganas locas de
que llegue pronto a Quito la película Herodes, en la que tú, Rosita, y
el Johnsito trabajaron de extras. Me dices que tenías que salir
corriendo, angustiada y hecha una leona con el Johnsito en brazos,
huyendo de la furia de los soldados de Herodes que querían cortarle el
pescuezo al Johnsito. Me cuentas que tras dos días de diez horas
cada uno de filmación y huida, no podías dormirte, Rosita, y cuando
lograbas conciliar el sueño, te despertabas llena de terror por la
pesadilla de ver la cabeza sangrante del Johnsito exhibida como trofeo de
guerra por un soldadote parecido al Solón Espinosa. Bien ganados los $10
000, Rosita.

No me vas a creer pero aquí acaba de pasar algo parecido, pero no en el
cine, Rosita, sino en la vida real. El padre Piti me dijo al saberlo:

"En la vida hay extrañas coincidencias. Son las cosas del amor, Pepino".
Bueno, pues, Rosita, el señor intendente de Quito acaba de representar el
papel de Herodes. En la Maternidad Isidro Ayora hay, como todo el mundo
lo sabe, Rosita, madres en cinta, madres pariendo, madres paridas, niños
de pecho, niños en incubadora, en fin, Rosita, una Maternidad es el
Jardín de Infantes del buen Dios, como sabía decir la abuelita Victoria
que estudió con las madres de la Providencia, unas monjas belgas que
siempre hablaban del buen Dios.

Has de saber, Rosita, que los médicos públicos andan ya un mes de
huelga, porque el gobierno les paga tan poquito que en la segunda
quincena de cada mes andan con las tripas vacías y con unas caras de alma
en pena. "Cuando yo era joven", sabía decirme la abuelita Victoria, "ser
médico era ser bien considerado de todos. Nunca les faltaban las
gallinas, los huevos, los cuyes, las papas, los choclos, las habas, los
chochos y el pan de leche.

Lucían gorditos y por eso se portaban como unos abuelitos con los
pacientes".

Los médicos públicos pidieron permiso a Herodes para marchar en protesta
por las calles, y Herodes para quedar bien con los jefes, se puso
bravísimo y les negó el permiso. Rosita, como el hambre es mala
consejera, los médicos se reunieron en el pretil de la Facultad de
Medicina que queda a una cuadra de la Maternidad. Herodes mandó sus
soldados que descargaron sus hediondos gases sobre los médicos. Y
entonces, Júpiter, Rosita, sopló una bocanada de viento con dirección
norte y los gases invadieron la Maternidad y se produjo en seguida llanto
y crujir de dientes, toses, lágrimas, ahogos, sofocos, gritos,
amontonamientos y espanto. Dos bebitos que estaba ya malitos en las
incubadoras se asfixiaron y murieron en ese horno de Dachau.

Herodes se convirtió en Pilatos, Rosita, y se lavó las manos y echó la
culpa al viento. El señor ministro de Gobierno echó la culpa a los
médicos y acordándose de que su abuelita tenía una incubadora de patos
dijo que el gas nunca entra a una incubadora. Seguramente se echaba unos
gases, Rosita, junto a los cascarones de los patitos, porque dicen que de
niño el ministro era muy travieso. Con estas autorizadas razones, todo
quedó en paz. Los dosangelitos sepultados en la tierra, las dos mamás
sepultadas en llanto y listas para algún día unirse a las FARC, los
médicos hambreados y con los ojos irritados, Herodes feliz y el ministro
muy satisfecho. Claro que no hubo $10 000 para las madres. Más bien me
despido con un abrazo triste.

Voy a ver, Rosita, si salgo de este campo de concentración y me voy a
España o a los Estados. Solo los sanbernardos me detienen. Tuyo, Pepe
Pino, tu [email protected]

E-Mail: [email protected] (Diario Hoy)
EXPLORED
en Autor: Simón Espinosa - [email protected] Ciudad Quito

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