Poca importancia se ha dado hasta ahora a la propuesta de reforma planteada por el TSE al sistema que norma la elección de diputados. Aunque los detalles de la propuesta no se conocen con precisión -una muestra del pobre interés que ha despertado y del poco esfuerzo desplegado por el TSE para difundirla bien-, su objetivo central es volver sobre un sistema de votación en plancha, por listas partidarias, en lugar del sistema actual de voto personalizado y entre listas. El principal argumento esgrimido por el TSE para proponer la reforma es de orden práctico: el sistema actual es tan enredado y complejo para el escrutinio, que se corre el riesgo de no tener los resultados de la elección de diputados antes de la segunda vuelta presidencial. A este problema práctico, habría que añadir uno de orden político democrático: cualquier sistema de votación debe asegurar un escrutinio fácil y transparente como garantía de respeto a la voluntad popular; dicho de otro modo, mientras más engorroso sea el sistema de elección, y por ende el de conteo de votos, mayores serán los riesgos de un fraude electoral. Pero la consideración más importante para orientar una reforma electoral debe ser la calidad de la representación que asegure el sistema. Los mecanismos electorales tienen enorme importancia precisamente porque traducen los votos ciudadanos en representación política; mientras más representativo sea un sistema, mayor identificación habrá entre la sociedad y el sistema político. No se puede atribuir el enorme desprestigio del Congreso únicamente al defectuoso sistema electoral vigente en el país, pero tampoco se puede desconocer el hecho de que produce un tipo de representación política que ha distanciado al Parlamento de la sociedad. Y es comprensible que haya ocurrido así, puesto que el sistema actual induce a un comportamiento incoherente del votante, al llevarlo a escoger varios nombres de diputados -tantos cuantos elija su distrito electoral- entre más de 12 listas. El sistema seleccionado ha hecho que se pierda la consistencia ideológica del voto al orientarlo más por consideraciones personales que partidistas ideológicas. Se trata, sin embargo, de un engaño del sistema frente al votante, puesto que esos mismos diputados, una vez electos, operan en el Congreso con una lógica partidista grupal. El espíritu de la reforma electoral del 97 fue profundamente conservador, antipartidista, bajo la premisa de que el voto por personas y no por partidos aproxima al ciudadano con su representante y mejora así la calidad de la representación. El Congreso sufre hoy un enorme desprestigio. Por su puesto que pesa el estilo de hacer política de los partidos, pero también la incoherencia entre el "espíritu" del sistema de elección de diputados, y la práctica que despliegan en el Congreso. No se trata de una traición de los diputados al sistema electoral y a sus votantes, sino de una inconsistencia del sistema electoral con el sistema político ecuatoriano sostenido -nos guste o no- en los partidos. En la práctica, el efecto del sistema ha sido doblemente perverso: no ha cumplido con su objetivo de aproximar al ciudadano con su representante, y ha provocado un mayor desprestigio de los partidos. La propuesta del TSE sugiere moverse en una línea de reforma opuesta a aquella que primó durante los años 1994-1997 -antipartidista y conservadora- y que ha provocado solamente una pérdida de calidad en la representación, un mayor desprestigio del Congreso y una creciente desconfianza en la democracia. Hay que debatir en serio, y lo antes posible, la reforma planteada por el TSE, si se quiere que el próximo proceso electoral sea también el punto de partida para recuperar la confianza de la sociedad en el Congreso y en sus diputados.

EXPLORED
en Ciudad QUITO

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