Quito. 18.07.93. La vida de Yolanda Torres ha estado marcada por
los desarraigos y las búsquedas. Por las inquietudes, los
encuentros y los desencuentros.

Su madre española. Su padre, nicaragüense y funcionario
internacional. Por eso, Yolanda, que nació en Nicaragua, anduvo
de aquí para allá, de país en país sin echar raíces, sin
afincarse en ninguna parte. "La gitanería, vista a la distancia,
puede ser muy romántica, muy hermosa, pero cuando la sufres te
marca con su huella de lo efímero. Y te vuelve escéptica,
también", dice Yolanda.

Su más remota infancia transcurrió en Brasil, donde sus amigos
fueron unos fantasmas a los que su imaginación convocó. Unos
fantasmas en serio, con los que ella conversaba, jugaba y se
peleaba, como toda niña de cuatro años. Hasta un perro fantasma
tenía, que era travieso, le daba mordiscones y se orinaba en la
alfombra de la sala.

Después fue Perú. Y fue el dolor de abandonar a sus amigos
incorpóreos, que no quisieron seguirle hasta tan lejos. En su
reemplazo, sin embargo, nació su hermano hacia quien Yolanda
-hija única hasta entonces- volcó, juega jugando, sus cuidados.
Para cerrar el terceto llegaría luego Coralía.

A los 12 años, Uruguay. Y el descubrimiento del amor a los 14,
con su primer novio que hubiera querido ser fantasma para entrar
a visitarle en su casa y trasponer las barreras de las
prohibiciones que interponían los que él juraba iban a terminar
siendo sus suegros.

Y, luego, los Estados Unidos, con su televisión, sus hamburguesas
y una educación escolar que le enseñó un hábito maravilloso: el
de la investigación, el don de poder encontrar en los libros el
dato exacto, aquel que necesitaba.

Y El Salvador, donde le sorprendió la exuberancia de su
adolescencia entre la alegría de ese pueblo tropical. Fueron las
primeras salidas por las noches a bailar, hasta que se le acabara
el último minuto de permiso que le daban sus padres para que
estuviera en la discoteca.

Y entonces, recién entonces, Ecuador, donde se casó y de donde
son los dos hijos que tiene. Y de donde, ahora, también, es ella
ciudadana.

Sentado como estoy en la elegantemente sobria sala de su
departamento, con un Quito alucinante que -desde la altura de la
Coruña- se deja ver en la penumbra del atardecer tras el
ventanal, le digo que cuándo descubrió que era bella. Y Yolanda
saca a relucir la artillería pesada de su femi (¿nismo? ¿nidad)
para decirme que al despertar un día y descubrir que era mujer.
Toda una mujer. Y entonces me dice que lo que realmente marcó su
madurez fue el haberse dado cuenta -al mirarse al espejo de las
revelaciones- que nunca podría hacer todo aquello con lo que
soñaba ni saber todo lo que pretendía.

Y de allí emprende un viaje de regreso a Nancy, la protagonista
de una serie de libros que en su infancia le abrieron el
horizonte de la lectura: Nancy era una detective, cuyas aventuras
vivió Yolanda apasionadamente. Después, a los trece años, pasó a
Poe. Y luego a Orwell. Y a Huxley. Y a los rusos del siglo 19.
Pero todo sin orden ni concierto: solo con pasión. Y de pronto
un viaje sin boleto de regreso hacia Anaís Nin quien, con sus
testimonios, le ayudó a identificarse con su género.

Curiosamente, sin ser buena estudiante, sacaba siempre notas
altas. En el fondo, el colegio le resbalaba: intuía que su
formación iba por otro lado.

-¿Por dónde?

-Yo qué sé, por todas partes. Por la vida.

Nos paramos ambos en la estación de los sesenta hasta embarcamos
en el vagón que más nos gusta. Y entonces ella se acuerda, por
ejemplo, de cómo le marcó el hippismo, sin que haya sido nunca
una hippy militante. Pero el movimiento le señaló inquietudes,
le imbuyó de cuestionamientos a lo establecido, le insufló
fuerzas para la protesta y la lucha. "No estuve en Woodstock
-dice- pero esa cita me embelezó, me hizo sentir parte integrante
de esa juventud explosiva. Cimentó mi conciencia de que yo
estaba en el mundo para algo".

Y hacemos un alto en la estación de los Beatles. Y en la del
Che. Y en la del sueño de una sociedad distinta. Y en la
revelación de Hermann Hesse, sobre todo a través de su "Narciso y
Goldmundo". Y en el cine, donde Yolanda vio por primera vez un
acto de amor del todo diferente: la protagonista fue al baño;
salió asustada y le dijo a su amigo que estaba sangrando. El
corrió al escusado y lo revolvió todo, hasta descubrir que lo que
pasaba era que ella había comido remolachas. "Ese es el
verdadero amor -dice Yolanda- y no un ramo de flores".

Y ya que estamos navegando en el barco del amor, le pregunto que
desde cuándo data su matrimonio con el cigarrillo. Y me cuenta
que desde los 13 años, quizás por influencia indirecta de su
padre, a quien ella veía fumar con deleite. Le pareció que el
cigarrillo era -debía ser- un compañero perfecto. "Tan cierto es
eso que el tabaco es la pareja más estable que he tenido hasta
ahora", confiesa mientras suelta con deleite una gruesa bocanada
de humo.

Y fumando acodamos en la universidad de Salamanca donde Yolanda
voló a estudiar Filosofía y Letras, no tanto por la imagen que,
desde el recuerdo, proyectaba Unamuno, sino por una razón más
pragmática: en Salamanca vivían sus abuelos. Y regresamos a
Quito y a Derecho de la Católica. "Dos años en cada una de esas
facultades porque hasta allá llegaban las materias generales, que
eran las que me interesaban; el momento que entrábamos a cosas
más puntuales, yo desaparecía".

Se subió también en la caravana de la escritura. Borroneaba
cosas para ella, casi a manera de diario, y algunos cuentos.
Estaba convencida de que sería novelista. Sin embargo, a los 25
años comenzó a tener conciencia de que la escritura requiere de
un esfuerzo tan, pero tan grande, que se decepcionó. Aun así,
la obsesión por la literatura no le ha abandonado. Tanto que
ayer, mientras se daba un duchazo, sintió que debía volver a
escribir, aunque con la conciencia de que primero era menester
que se ordenara y fuera adquiriendo oficio. Y esa convicción le
obsesiona ahora. Le obsesiona.

Su trayecto por el mundo de la televisión ocurrió por casualidad:
el ofrecimiento de un empleo, un rostro bonito, buena voz,
lectura fluida, y esas cosas. Sin embargo, solo desde que dirige
su propio programa, "Complicidades", siente pasión por el mundo
de la imagen, por la producción, por el reportaje, hasta el
extremo que a esa tarea dedica -entre pensar, investigar y hacer-
absolutamente todas las horas del día que le dejan libres la
atención de sus dos hijos ya adolescentes.

Tiene una vida tan agitada, que siente ilusión por llegar a la
estación de la vejez para aquietarse y, desde esa quietud, poner
a funcionar su intelecto. Tiene necesidad de sosegar su
espíritu, aunque es consciente de que puede prolongar algunos
años más la madura madurez por la que ahora atraviesa
frenéticamente, esta Yolanda adorable, intrépida, salvajemente
caminante.
EXPLORED
en Ciudad N/D

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