Sucumbíos. 18 oct 98. Indios cofanes con trajes que utilizaron
en un ritual que busca concentrar la fuerza del espíritu
subterráneo para recuperar territorios que sienten amenazados.


DURENO, Sucumbíos.- Los shamanes conjuran a las fuerzas
telúricas. Es la noche del 12 de octubre y no es casual que
este Día de la Raza se hayan reunido siete curacas cofanes
para convocar al coancoan, el espíritu subterráneo que les
confiere poder de concentración y curación.

En medio de la selva, una vela destella en la rústica
construcción de madera y ramas, en cuyas pilastras se sujetan
las hamacas sobre las que descansan los curacas, mientras
esperan que el jayé (bejuco) les produzca el sueño
alucinógeno.

El ritual se realiza a menos de un kilómetro de distancia del
pozo petrolero Dureno 1. El sitio es Dureno, a 12 kilómetros
de Nueva Loja, provincia de Sucumbíos.

A diferencia de otros rituales realizados hace milenios, este
busca concentrar la fuerza del espíritu subterráneo para
recuperar los territorios que los cofanes sienten amenazados
por los colonos y empresas petroleras. Por eso han venido
hasta aquí los últimos curacas -curanderos y sabios- de los
rincones más remotos, de los ríos Aguarico y San Miguel, casi
en la frontera con Colombia. Llevan los trajes ceremoniales:
blusa y pantalón oscuros, corona de plumas, collares de diente
de jaguar y adornos de plumas en las orejas y nariz. Sus
rostros son oscuros; sus ojos, rasgados y negros como la noche
en la jungla.

Dos horas después de ingerir el yajé, los curacas salen del
sueño, pero parecen hallarse en otra dimensión espacial y
temporal. Uno silba como una inmensa anaconda en acecho; otro
canta emitiendo voces que parecen provenir de varios seres.
"El bejuco te envuelve, te conviertes en animal, ves el pasado
y el futuro al mismo tiempo. Te pones en contacto con la
naturaleza", dice un hombre joven que no participa en el
ritual. Lo ve desde lejos, con respeto.

"Hemos invitado a todos los chamanes de las diferentes
comunidades del pueblo cofán para comenzar desde hoy a valorar
sus poderes y así mantener la organización ancestral", dice
José Quenamá, de 28 años, nieto de Guillermo Quenamá, el
último gran chamán de los cofanes, fallecido hace 20 años.

José Quenamá defiende los consejos de su abuelo. "Antes de que
viniera la compañía Texaco él aconsejó a su pueblo que no
abandonara este lugar de la selva porque es uno de los mejores
que él pudo encontrar: en las riberas del Aguarico, donde
existían diferentes tipos de animales y plantas, se podía
cazar y pescar tranquilamente".

Una lucha desesperada

El abuelo-líder aconsejó a los cofanes que, a su muerte,
rompieran la costumbre ancestral según la cual cuando moría el
jefe o curaca el pueblo abandonaba la tierra en la que había
vivido y buscaba otra. El gran curaca Guillermo Quenemá les
dijo que nadie más podría hallar otra tierra: que debían
defender la que él les legaba. Y eso es lo que intentan,
desesperadamente, los últimos 750 cofanes que aún quedan en el
territorio ecuatoriano.

En este intento, mientras los chamanes se sumen en el sueño
ritual, los jóvenes y mujeres realizan la toma efectiva del
pozo, cerrando la vía de acceso y las llaves de bombeo de este
pozo que produce más de 250 barriles de crudo liviano al día.

El cierre del pozo es el primero de los planteamientos de la
Propuesta para la recuperación del territorio cofán, recogido
en una publicación apoyada por la organización ambientalista
Acción Ecológica.

La perforación del pozo empezó en 1969, siendo uno de los diez
primeros que se abrieron en la Amazonia. El mismo está a cien
metros del río Pisurié y a un kilómetro del poblado Pisurié
Canqque. Pisurié es el nombre que los cofanes daban a una
especie de pavo que abundaba en el lugar: se extinguió cuando
las descargas de petróleo en los ríos aledaños contaminaron la
zona.

La toma del pozo no es sino el epílogo del proceso
organizativo que los cofanes vienen gestando desde hace meses.
Por eso es que, a pocos metros del pozo, han construido más de
diez viviendas de madera, ramas y plásticos, en las cuales
pretenden permanecer.

"Esta tierra nos pertenece", dice Ramón Yumbo, de 38 años,
presidente de la comuna Cofán Dureno, con 450 habitantes, una
de las cinco comunidades cofanes existentes en la Amazonia.

"Legalmente, los cofanes tenemos adjudicadas 9.571 hectáreas
en esta zona, pero hace años fuimos dueños de todo lo que
ahora es la provincia de Sucumbíos", dice Yumbo, mientras
evoca que sus mayores le contaron que hace más de medio siglo
los cofanes fueron casi 60.000.

"Las enfermedades, la colonización, la falta de fuentes de
agua donde abastecerse sin contaminarse y enfermarse nos están
acabando", expresa.

"El monte es como nuestro mercado. De él obtenemos la caza y
la pesca, pero se están terminando", afirma.

Contaminación que mata

A solo unos metros del pozo Dureno 1 está una piscina que es
la prueba más contundente de su denuncia. Agua negra es la
evidencia de que la contaminación afecta a la comunidad.

"No sabemos dónde vamos a estar de aquí a 10 años", dice
Yumbo, y sabe que la respuesta no la tienen solo los curacas,
sino el gobierno, Petroecuador y las autoridades nacionales.

Obtener una respuesta fue el motivo de la audiencia que los
cofanes realizaron la mañana del último 12 de octubre.
Invitaron a la ministra de Gobierno, al presidente de
Petroecuador, al gobernador... Querían exponerles su propuesta
de recuperación y presentarles la evidencia de que su pueblo
se extingue.

Su llamado tuvo un débil eco, pues no acudieron los dos
primeros. Esto fue, quizás, lo que exacerbó sus ánimos y los
motivó a tomar el pozo, lo cual decidieron en la asamblea que
se reunió toda la tarde.

¿Acaso este pueblo tiene planteamientos demasiado ambiciosos,
incompatibles con los intereses nacionales? El obispo de
Sucumbíos, Gonzalo López, considera que los cofanes solo piden
lo que la nueva Constitución consagra: el derecho al
territorio, a la cultura y a la organización indígena.

"Yo digo que se pongan en práctica en concreto los derechos
colectivos enmarcados en la nueva Constitución, en el capítulo
de pueblos indígenas, y eso es lo que está pidiendo este
pueblo", dice el sacerdote que dirige la misión carmelita y
que ha pasado 28 años de su vida en la región.

Si esto no se concreta, el peligro -cree el sacerdote- no es
tanto la extinción del pueblo mismo como la eliminación de su
cultura.

"El problema está en cómo se combinan los intereses nacionales
con los intereses de un pueblo: ahí es donde está la pelea y
ahí es donde se tendrá que hacer un proceso para que no se
llegue a ningún tipo de confrontación violenta", manifestó el
clérigo.

La noche cae en la jungla y los curacas caen en sueño profundo
mientras el pueblo amanece en la vía que bloqueó la víspera.
Todavía cantan acompañados de una guitarra. "El Aguarico es
nuestra casa", dicen en cofán.

El espíritu subterráneo (coancoan) está adormecido, en espera
que los chamanes vuelvan a convocarlo, al ingerir el yajé
alucinógeno en un nuevo ritual nocturno.

Los cofanes dejan que el coancoan duerma. Ellos permanecen en
vigilia, porque se niegan a extinguirse.

Petróleo debilita al coancoan

Cuando la tierra se desangra para sacar el petróleo, el
coancoan (espíritu subterráneo que conecta a los cofanes con
la naturaleza) se debilita. Eso cree Toribio Aguinda, de 40
años, aprendiz de chamán que quiere rescatar los ritos
ancestrales de su pueblo.

"El coancoan ya no da la misma fuerza a los chamanes y por eso
ellos ya no pueden trasmitir sus conocimientos a los más
jóvenes", dice Aguinda. No en vano, los ritos ya no les son
familiares a los más jóvenes.

"Cuando se saca el petróleo es como si la tierra se muriera.
El cuancua se debilita porque se desangra la tierra",
manifestó Ramón Yumbo.

Los siete chamanes viejos no hablan español. La mayoría vino
del alto Aguarico y del río San Miguel, ellos viven en zonas
inhóspitas que aún no han sido tocadas por la colonización y
las empresas.

Pueblo antiquísimo

Los cofanes son un pueblo antiquísimo, de casi 10.000 años de
antigüedad, explica Claudino Blanco, misionero católico y
antropólogo que vive cinco años entre ellos.

"El pueblo cofán desciende de los caribes y los chibchas.
Tiene que ver también con los tucanos occidentales, pueblos
muy antiguos", comenta.

¿Por qué recién levantan su voz de protesta, al verse
amenazados? El obispo de Sucumbíos, Gonzalo López, encuentra
una respuesta: "Es un pueblo muy pequeño. Ha sido un pueblo
pacífico y desde hace muchos años ha sido visitado por los
evangélicos y el Instituto Lingüístico de Verano (ILV)".

Añade que esa tendencia de religión es tan pacifista que de
estas cosas no trata. "El sentido organizativo, el sentido de
la reivindicación cultural está relegado".

El oro negro les quitó la salud

El deterioro en la salud de los cofanes por causa de la
contaminación del petróleo no es un discurso ecologista. El
propio obispo de Sucumbíos, Gonzalo López, y la enfermera de
la misión católica, Magdalena Blazer, afirman que las
enfermedades respiratorias, de la piel y del aparato digestivo
no son casuales y son secuelas de la contaminación del
petróleo.

"Los peces saben a gasolina y están llenos de animales", dice
José Quenemá, quien denuncia que el último caso de cáncer
conocido entre los cofanes terminó en el deceso de un hombre
de 43 años.

Antes del petróleo, el cáncer, el aborto y las hemorragias
femeninas eran desconocidas entre los cofanes.

La enfermera suiza Magdalena Blazer cree que a la larga
empeorarán los cuadros de afecciones hepáticas. "Hace seis
meses tomé agua del río Picurié y estaba bien. Hace un mes
volví a probarla y ya estaba contaminada".

Difícil entendimiento

La enfermera afirma que los 14 promotores de salud -que sirven
de puente entre la medicina tradicional y la medicina moderna-
cada vez encuentran más difícil enfrentar las enfermedades
causadas por la contaminación.

Los indígenas cofanes plantean la declaración del estado de
emergencia de los ríos que circundan su territorio, y la
remediación ambiental de los daños causados por el crudo.

Por lo pronto, hay daños irreversibles. Al menos 18 especies
de peces, 11 de pájaros y dos de mamíferos de cuatro patas que
los cofanes identificaban en su territorio, se extinguieron
por la contaminación.

Solo en los alrededores de la comuna Cofán Dureno hay 12
piscinas donde se descargan las emisiones de crudo, que van a
parar en los ríos de los cuales toman su alimento los
indígenas. (Texto tomado de El Universo)
EXPLORED
en Ciudad Sucumbos

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