Santafé de Bogotá. 13.06.93. Buenos Aires.

Sabato: Yo creo seriamente en los horóscopos, cuando están
hechos como es debido. Xul Solar hizo los horóscopos de mis
dos hijos y durante muchísimos años me resistí a conocerlos.
Siempre tuve miedo al futuro, porque en el futuro, entre otras
cosas, está la muerte.

Borges: Cómo, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

Sabato: La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste
morir.

UNO

Matilde tenía apenas 17 años.

Sabato, no más de 25.

Lo conoció en un coloquio en el que hablaba de la injusticia
social y de la forma en que era posible acceder a un mundo
mejor. No imaginaba, en ese entonces, que sería escritor. Por
lo pronto, militaba en un movimiento revolucionario, y ahí
estaba su vida. Cuando el general Uriburu se tomó el poder en
1930, Sabato huyó de la provincia a Buenos Aires. Matilde
tenía apenas 17 años cuando escapó de su casa para acompañar a
Sabato en ese viaje hacia lo desconocido. Desde entonces, ha
permanecido a su lado, animando cada segundo de su vida.

En su estudio, reducido y un tanto oscuro, Sabato me muestra
una fotografía de los años mozos de Matilde. Antes de
entregármela, la mira como si por primera vez la tuviera ante
sus ojos. Calla por un momento. Se deja invadir por una
nostalgia profunda que canaliza por medio de un suspiro, y
estira, por fin, su mano.

"Mira qué hermosa mujer era. Cómo me duele, ahora, ver que
cada día se va apagando un poco más. Esta mujer -mírala-
escapó de su casa a los 17 años para venirse con esta clase de
tipo".

"Sabes que llegó a impedir que me quitara la vida...". Y
cuentan que también impidió que les quitara la vida a tantas
hojas escritas que Sabato había condenado al fuego eterno.

La mirada de Sabato se pierde por entre los cristales que
revelan un jardín de otoño, más allá del estudio. Sus ojos se
inundan de tristeza: Matilde enfrenta una penosa enfermedad
hace varios años.

DOS

Son las diez de la mañana. La hora convenida. Un viento helado
recorre las calles de Santos Lugares -el poblado donde Ernesto
Sabato ha vivido durante los últimos 50 años-.

La espera se prolonga, y ofrece unos minutos de más para
imaginar como será el encuentro con este hombre que cada vez
desea hablar menos con el mundo. Las sospechas se van
deshaciendo por entre los matorrales que preceden una casa
vieja, que alguna vez formó parte de una próspera hacienda.

Al lado de la puerta, lejana y oscura, un ventanal delgado
deja ver una sombra que pasa de largo. El viento sigue
soplando. La sombra, impertérrita, vuelve a pasar. La casa
parece habitada por fantasmas.

Por fin se mueve la puerta, y una mujer obesa se asoma y mira
con atención al visitante, antes de decidirse a caminar hacia
el portón exterior. "El maestro Sabato lo espera", dice la
mujer, y no dice nada más, como si el sonido del viento fuera
suficiente.

Al cruzar la puerta me encuentro de frente con Matilde. Una
sonrisa se dibuja en sus labios, y sus ojos se mojan con un
brillo extraño. La noche anterior había escuchado que ella, la
mujer de Sabato, acababa de publicar dos libros... no sabía
que fuera escritora. Los imagino entonces, pero sólo después,
muchas horas después, compruebo que en sus versos y en sus
relatos se proyecta el mismo carácter visionario de su mirada.

Luego de cruzar el corredor que sale de la cocina, otra puerta
se abre, y esta vez es Sabato el que aparece en el umbral.
"Pasa muchacho". El timbre del teléfono no permite otras
palabras. Habrá sido algún amigo cercano, a quien el escritor
le comenta sobre una muerte que todavía no acaba de creer.
Unos minutos después, también a mí me habla del duelo que lo
embarga.

"He tenido que convivir en tal forma con la muerte, que ya
creo haberme acostumbrado a ella".

En los últimos años. Sabato ha sentido muy de cerca el
fantasma de la muerte. Lo ha visto pasar, como vi yo esas
sombras que cruzaban el ventanal junto a la puerta.La parca ha
estado a su lado, insistente, seguramente desde cuando
presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas.

Cuando piensa en la muerte, termina pensando en su país. Y de
repente, como quien despierta de un letargo, suelta una frase
contra el régimen: "Soy un enemigo acérrimo de lo que está
haciendo este gobierno para acabar con Argentina. El nuestro
es un país en ruinas. Estamos pagando esa arrogancia estúpida
de tantos argentinos... lo siento por los chicos que se están
muriendo de hambre: ellos no tienen la culpa".

Y aunque el problema de su país parece centrado, para él, es
un fenómeno político, Sabato está seguro, en todo caso, de la
crisis es universal. Sus palabras, sus gestos y, sobre todo,
su mirada resultan apocalípticos cuando piensa en el mundo que
los hombres nos empeñado en destruir. "La mentalidad
consumista nos llevó al abismo", concluye, sin más, y abre una
puerta que comunica su estudio con otro estudio. El primero,
en el que estábamos, lo preside una máquina de escribir. El
segundo, un caballete y un generoso juego de pinceles.

TRES

De Ernesto Sabato se conocen tres novelas -El Túnel, Sobre
héroes y tumbas y Abaddón el exterminador- al igual que un
sinnúmero de ensayos. Para muchos, incluidos los directivos de
la Academia Sueca, su producción resulta escasa. Para él, sin
embargo, lo mismo que para la mayoría de los críticos, la
cuestión no es de cantidad. "Si supieran que al menos tres
cuartas partes de mi obra han terminado incineradas...".

Por estos días, una nueva novela compromete buena parte de su
tiempo. Ha dicho que es la antepenúltima de su creación. Se
llamará "Antes del fin", y todo apunta a que los fantasmas de
la muerte serán los protagonistas de esas páginas.

Ya no piensa en los premios, y recuerda que Borges se hacía
mala sangre por el Nobel. "Yo le decía: el Nobel es grotesco;
hoy en día es casi un deshonor recibirlo".

Escribe, sencillamente, porque si no también él sería, a estas
horas, uno de los fantasmas que recorren en silencio su casona
de Santos Lugares.

CUATRO

El estudio de los pinceles está bañado por dos chorros de luz.
Uno entra por la marquesina; el otro, por el ventanal que da a
un nuevo patio de la casa (nuevo para mi). Se encuentran, de
manera estratégica, en el lugar donde está ubicado el
caballete. Tal vez un solo chorro de luz no sería suficiente
para corregir en el lienzo la pérdida de la visión que cada
día se ensaña más con los ojos del escritor argentino... y
pintor, también, desde hace algún tiempo.

Si ha sido activista político, asistente de madame Curie para
sus proyectos de radiaciones atómicas, abogado por las causas
de los desaparecidos, ensayista y narrador, ¿quién iba a
impedirle que fuera pintor?

"He tenido muchas desdichas: pintar es lo único que me salva".

Admira a Van Gogh. Y, más que admirarlo, se une a su
desgracia. Regresa al primer estudio, toma un libro sobre la
obra del pintor holandés, y se deleita enseñándome algunos
cuadros.

"Al comienzo pinté retratos expresionistas, como éste de
Kafka, o éste de Virginia Woolf. Ultimamente he trabajado
estas obras sobrenaturalistas. El primero que utilizó el
término fue Apollinaire. ¿Qué cornos es esto? -me muestra uno
de sus últimos trabajos-. No lo sé. Es como los sueños. Solo
sé que no es naturalismo, porque el naturalismo es una copia
de la realidad. Si la realidad es tan fea, ¿para qué
copiarla?".

Calcula que ha pintado unos 80 cuadros; ha dejado en el patio
poco más de la mitad, para que el viento y el sol hagan con
ellos lo que quieran; ha mostrado el resto, pero solo en
museos y en centros culturales de la altura del Pompidou, en
París. Pero no ha vendido uno solo. "Si tuviera 40 años no me
importaría salir de ellos... pero tengo más de 80, y los
quiero conservar hasta el último día".

Luego de la exposición privada, un café. Luego del café un
adiós a Matilde, cuyos ojos seguían brillando. Luego del
adiós, un tren para regresar. Y una convicción: Sabato está
más vivo que nunca, aunque los fantasmas de la muerte no se
cansen de perseguirlo.

*FUENTE: Texto tomado de EL TIEMPO (p.10-C)
EXPLORED
en Ciudad N/D

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