Los guardianes de la fe


Publicado el 13/Octubre/2002 | 00:00

He intentado no escribir acerca de Michel Houellebecq. Especialmente porque en estos días, cualquier escritor que entra en conflicto con los susceptibles guardianes de la santidad islámica, es obligado a lucir la gorra con la inscripción: "el último de los Rushdie". Y eso es doblemente deprimente. En primer lugar para mí, porque detesto que me conviertan en un eslogan -una especie de insultante categoría literaria- y en segundo lugar porque los escritores en cuestión: "el Rushdie de Bangladesh", o el "Rushdie de China", y, sin duda alguna, dentro de poco tiempo más, "el primer Rushdie en el espacio", tienen toda la razón del mundo en sentirse resentidos cuando se intenta superponer a sus dificultades el capítulo más sombrío de mi historia.
Ahora, sin embargo, hay algo distinto. El señor Houellebecq ha sido demandado ante un tribunal en Francia por cuatro organizaciones musulmanas: las dos principales mezquitas en París y en Lyon, la Federación Nacional de Musulmanes Franceses y la Liga Islámica Mundial. Houellebecq ha sido acusado de formular "un insulto racial", y de "incitar al odio religioso".
La gravedad de la demanda contra un escritor que ha obtenido múltiples lauros y es ampliamente reconocido como uno de los mejores talentos frescos de Europa, aunque también uno de los menos encantadores, obliga a acudir en su ayuda. O eso, al menos, es lo que uno esperaría. Por cierto, varios intelectuales y editores franceses han defendido a Houellebecq. Pero muchos otros se han abstenido. La prestigiosa Liga de Derechos Humanos lo ha acusado de islamofobia, y se ha puesto del lado de sus acusadores. Se nos ha dicho que escritores izquierdistas franceses lo consideran demasiado vulgar como para defenderlo. Incluso su propia editorial, Flammarion, ha decidido distanciarse de él. Entre tanto, en un juicio paralelo de los medios de prensa, se lo ha acusado de buscar publicidad y de ser un poseur.
Houellebecq reside en una remota parte de Irlanda y prefiere vivir como un recluso. Sin embargo, de acuerdo con la prensa francesa, lo esta haciendo para no pagar elevados impuestos. Lo que se intenta hacer es describirlo como una especie de grotesco oportunista.
Pese a su gran reputación literaria y a su gran popularidad en Francia, este ataque, no el de los grupos islámicos, posiblemente le cause un daño real y perdurable.
Las acusaciones contra él son ridículas. El año pasado, en una entrevista publicada por la revista Lire, Houellebecq dijo que el islam era "la religión más estúpida" del mundo. También dijo que el Corán carecía de calidad, si se lo comparaba con la Biblia, "que está bellamente escrita porque los judíos tienen gran talento literario". Esta generalización podría plantear una o dos críticas de quienes no son musulmanes. ¿Qué, acaso todos los judíos tienen talento literario? ¿Y qué ocurre con los autores cristianos del Nuevo Testamento? ¿Quedan fuera? Pero si un ser humano en una sociedad libre no tiene ya el derecho de decir de manera abierta que prefiere un libro a otro, entonces esa sociedad ha perdido el derecho de llamarse libre.
De la misma manera, cualquier musulmán que diga que el Corán es mucho mejor que la Biblia también puede ser acusado de emitir insultos. Y entonces, el absurdo gobernara el mundo.
En cuanto a que el islam es "la religión más estúpida", bueno, es un punto de vista. Y Houellebecq, ante un tribunal, señaló algo simple, pero esencial: atacar la ideología de un pueblo o su sistema de creencias no es un ataque al pueblo en sí.
Ese es seguramente uno de los puntos fundamentales de una sociedad abierta. Los ciudadanos tienen derecho a quejarse cuando se intenta discriminarlos, pero a nadie se puede castigar por disentir, aunque lo haga con palabras fuertes y descorteses. Tampoco pueden erigirse vallas en torno a ideas, filosofías, actitudes o creencias.
También se ha citado en este caso la novela de Houellebecq, Plataforma. En la obra, el protagonista, igualmente llamado Michel, descubre que su padre ha sido asesinado por un musulmán y, en el curso de la narración, formula una serie de duros e insultantes comentarios contra los musulmanes. Se ha sugerido que en esas diatribas, el autor está tratando de vengarse por las dificultades de su vida personal. El verdadero nombre de Michel Houellebecq es Michel Thomas. El comenzó a usar el apellido de su abuela luego de que su madre se casó con un musulmán y se convirtió al islam.
En nuestra edad de culto a la personalidad, en la cual se cree que la biografía de un escritor es la clave para el sentido de sus novelas, y se cuestiona la ficcionalidad de la narrativa, como si las novelas fueran un enmascaramiento de la vida real, este detalle de la vida de Houellebecq ha sido usado de manera copiosa en su contra.
Pero cualquiera que se preocupa por la literatura debe defender la autonomía del texto literario, el derecho a considerarlo en sí mismo, como si el autor fuera tan anónimo como, bueno, los autores de los textos sagrados. Y dentro de un texto literario, es posible crear personajes de todo tipo. Si los novelistas no pueden describir nazis o seres arbitrarios sin ser acusados de ser nazis o arbitrarios, entonces no pueden trabajar de manera adecuada.
Se ha dicho, y de manera cabal, que Plataforma es una novela que permite comprender a la Francia que va más allá de la inteligencia liberal, la Francia que propinó a la izquierda un gran susto en las últimas elecciones presidenciales, y cuyo descontento y prejuicio ha sabido explotar tan bien la derecha.
Plataforma es una buena novela y Houellebecq es un buen autor que escribe por motivos serios. Ni el ni su libro merecen ser alquitranados y emplumados.
Sus acusadores dicen que han entablado la demanda porque en la atmósfera creada luego de los atentados del 11 de septiembre, las críticas de Houellebecq solo aumentarán el antagonismo contra los musulmanes en Occidente. Pero en eso se han equivocado. No es el señor Houellebecq, sino el ataque contra el escritor el que arriesga crear una reacción en contra. Por lo tanto, se trata de un caso en que ambos bandos han perdido. La reputación de Michel Houellebecq ha sido dañada, y sus adversarios islámicos han demostrado, una vez más, que se oponen a la libre expresión.
Los abogados de Houellebecq señalan que si su cliente es declarado culpable, será tanto como volver a poner en vigencia la vilipendiada ley de blasfemia.
Mientras aguardamos el dictamen del juez, nuestra única esperanza es que no favorezca un paso tan retrógrado.

*Salman Rushdie, escritor hindú de lengua inglesa, es autor de Los versos satánicos, Fury: A Novel y de la coleccion de ensayos Step Across This Line.

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