Bastantes usaítas temen que el mundo acabe pronto; más probable es que siga girando durante millones de años más. Lo que sí habrá es una revolución de la cultura: nuestros tataranietos la verán.
No les faltan motivos a los sobrinos de Tío Sam para abrigar este temor; el gobierno se encarga periódicamente de inyectarles una dosis de ansiedad; los cuatro jinetes del Apocalipsis: el hambre, la peste, la guerra y la muerte galopan alrededor del mundo; el fundamentalismo cristiano lee la Biblia al pie de la letra, sin espíritu crítico. Todos estos motivos pueden fomentar en ellos una ‘justificada’ inquietud.
Se vuelve, sin embargo, difícil de aceptar que el terrorismo tenga la capacidad de aniquilar la vida humana en este mundo, o al menos la vida de todos los usamericanos hasta borrar de la historia esa poderosa cultura. El mundo actual cuenta con los recursos de la producción agrícola para erradicar el hambre, con los recursos de la ciencia para combatir pestes y enfermedades, con los recursos del derecho internacional al servicio de la paz; y cuenta, además, con una visión filosófica para desmitificar la muerte y hacérnosla aceptar como un elemento necesario del gran proceso evolutivo en su avance hacia la espiritualización. El fundamentalismo cristiano es una visión acrítica del libro base de la cultura occidental. El temor de que el mundo de hoy acabe mañana por la mañana carece de fundamento.
El nonagenario Jacques Barzum, profesor de Historia de la Universidad de Columbia durante 60 años, ha escrito un ensayo fundamental: ‘From Dawn to Decadence’ (HarperCollinsPublishers, 2000); en él examina con un nuevo enfoque la historia de los últimos 500 años de la civilización de Occidente; ve los años actuales como el crepúsculo de esa cultura en el que se incuba una nueva aurora, y considera este siglo como una etapa de transición y desconcierto.
Según él, se esta gestando una revolución, es decir, un cambio que va más allá de los hábitos domésticos o de una práctica universal: la revolución cambia el rostro de la cultura; y cuando la gente acepta lo fútil y lo absurdo como normal, la cultura está en decadencia.
Mucho de absurdo hay en la cultura de hoy y mucho de fútil en la recreación; las prácticas contables dolosas y la ilusión de las finanzas en desmedro de la producción son dos muestras de lo absurdo; la vuelta a lo primitivo en música y baile son dos muestras de lo fútil. Añádase a esto el aburrimiento, y se puede concluir con cautela que la cultura de los últimos 500 años occidentales anda en decadencia y se encamina a un cambio.
La generación actual no lo verá probablemente. Lo más racional será caer en la cuenta de que al hombre contemporáneo le cupo la mala suerte de vivir en un mundo en que todo es provisorio. No queda más remedio que adaptarse a esta incomodidad. Pero temer que todo se acabe y llegue el apocalipsis es demasiado tremendismo. Un poco de humor ante la insignificancia de la naturaleza humana es un buen remedio, pero no una cura definitiva. No hay cura a la vista.
EXPLORED
en Autor: Simón Espinosa - [email protected] Ciudad Quito

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