Quito. 12 feb 2002. (Editorial) Durante algunas décadas, las clases
medias, e incluso sectores deprimidos de este país, pudieron acceder a
créditos del aún en funcionamiento Banco Ecuatoriano de la Vivienda, con
el coauspicio del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, para poder
acceder a una vivienda propia que les permitía, mediante cuotas bajas a
largo plazo, tener casa propia. Del mismo modo, muchos trabajadores,
obreros, empleados públicos y privados pudieron usar unos servicios de
salud eficaces, a través de los diferentes dispensarios del Seguro o en
el propio hospital matriz. Muchas y delicadas operaciones se hicieron en
el Hospital Carlos Andrade Marín. Varios de los médicos especialistas más
reconocidos eran miembros de las filas del IESS, dueño de sofisticados
aparatos e instrumental médico, que no se encontraban en otros hospitales
privados, y que salvaban vidas.

No obstante, el Seguro siempre padeció de una debilidad, y fue la
negligencia, común a muchos empleados públicos ecuatorianos que tienen
como tarea la atención al público. La atención externa fue siempre
defectuosa y hasta humillante para varios usuarios. Largas filas y
madrugones implicaba, por ejemplo, hacerse los exámenes de laboratorio de
rigor u obtener una cita médica, además de las consabidas malas caras y
el trato descortés.

Claro, en épocas de mayor estabilidad económica para ciertas clases
sociales, y con un paulatino florecimiento de los seguros de salud
privados, ciertos sectores medios podían, y tal vez querían, acceder a
las clínicas y médicos privados, y el Seguro se quedaba con los sectores
económicamente vulnerables. Con la lógica del dicrimen con la que muchos
se mueven, enfermeras y médicos, deshumanizados además, podían darse el
lujo de tratar a los pacientes como si se tratara de repartir caridad. Y
éstos, miembros de una sociedad en que el atropello a los derechos del
usuario es la regla y no la excepción, no se atrevían a reclamar, porque
no tomaban conciencia de que ése era un derecho por el que habían pagado,
unos más y otros menos, según el valioso principio de la solidaridad.

Muchas cosas fueron matando de a poquito al IESS: la irracionalidad en
la administración, la corrupción interna de empleados y asociaciones de
empleados, la deuda del Estado con la institución, pero creo que también
lo fue matando la indiferencia de un sector ciudadano. Ya se sabe que,
del total de la población ecuatoriana, un mínimo estrato está afiliado al
Seguro Social, que es al que tanto ha golpeado su crisis; los otros
ecuatorianos acuden a los servicios de la cada vez más abandonada salud
pública. Y es tal vez una clase media que vivió tiempos mejores, la que
obró por omisión, y no defendió un proyecto de salud, pero que también
era en su momento un proyecto político, que garantizaba la posibilidad de
vida sana y digna, créditos en buenas condiciones, vivienda.

Recientemente, un miembro de la tercera edad dirige una carta al grosero
presidente Noboa y le recrimina por su sistemático maltrato a los
jubilados, convertidos, gracias a la miserable jublicación del IESS y a
la también miserable, cuando no escamoteada, jubilación patronal, en el
nuevo cinturón de miseria del Ecuador. Ojalá esos jubilados nos duelan e
importen a los que hoy estamos en plena etapa de producción, y ojalá no
dejemos que ante nuestras narices terminen de matar y sepultar al Seguro
Social, que significó en su momento un proyecto que hoy más que nunca
puede resultar clave, en tiempos del salvaje individualismo y el sálvese
quien pueda.

E-mail: [email protected] (Diario Hoy)
EXPLORED
en Autor: Cecilia Velasco - Ciudad Quito

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