Jamil Mahuad, Cinco Horas Para Morir O Para Salvarse


Publicado el 02/Junio/1997 | 00:00

Quito. 02 jun 97. El Alcalde narra las horas más difíciles de
su vida: subir a la ambulancia, ponerse en manos de los
médicos, orar mientras esperaba el diagnóstico, rebelarse por
la situación que estaba viviendo, arrepentirse por su
soberbia, ponerse en manos de Dios, saber que su vida no
corría peligro, indagar por lo que significaba que se iba a
recuperar ciento por ciento...

Teodoro Peña tomó la decisión adecuada: fue a buscar al
Coordinador del seminario del BID en Barcelona y le indicó que
el Alcalde de Quito necesitaba una ambulancia.

Peña se había acercado a la mesa de los ponentes seguro de que
algo pasaba. Su esposa Patricia le había hecho notar que Jamil
Mahuad estaba extraño. Su cara, desde la sala, lucía triste,
como ausente. Pero imaginaron que estaba cansado, que no se
había recuperado del largo viaje. Su quietud extrema se la
achacaron a un sueño repentino.

Mientras tanto Mahuad repetía al grupo que estaba a su lado
que tenía un derrame cerebral. La preocupación se evidenció. Y
el primer reflejo, nacido de esa discreción que rodea los
grandes eventos internacionales, fue hacer un círculo no
perceptible a su alrededor.

La gente se extremó en animarlo. Una voz, que le parecía
conocida, le decía que no se preocupara, que no era un
derrame, que era estrés. Le dijeron que ya venía la
ambulancia, que estuviera tranquilo, que se relajara...

Entonces sintió esa sensación levitante del que se ha tomado
cuatro tragos: todo se ve en medio de una euforia entre
complacida e irresponsable.

Encontrar la ambulancia tardó unos 20 minutos. Algo inusual
pero explicable porque hubo tanta gente -unas 3.000 personas
en general- que el BID decidió cambiar de sitio, a última
hora. Nadie sabía dónde estaba esa ambulancia. Si en el Palau
Congreso, donde debía realizarse el simposio, o en el Hotel de
la Feria, donde se estaba celebrando. Finalmente, ésta fue
localizada por Silvia Reyes, hermana del Prefecto de Pichincha
y esposa de Diego Ponce, una buena amiga suya.

20 minutos que a él le parecieron menos. 20 minutos en los que
se insinuó la idea de que no iba a morir ni a perder la
conciencia. Llegó la camilla. Le preguntaron si podía caminar.
Si se podía apoyar en la pierna derecha. Pero les dijo que
necesitaba ayuda pues no sabía cómo estaba la pierna izquierda
ni había hecho esfuerzo alguno parado.

Se apoyó en el hombro de Peña y en la pierna derecha, se
incorporó y lo acostaron en la camilla. "Me impresionó su
mirada", dijo después Esther Laudo, la fotógrafa del BID, al
recordarlo extendido en la camilla. Ahí, en manos de los
paramédicos, les repitió que su padre había tenido un derrame
y que él creía que tenía uno. Le preguntaron qué medicamentos
estaba tomando y él respondió que solo homestrasol, un
inhibidor de jugos gástricos. Además les dijo que había estado
con medicina homeopática los últimos 10 ó 15 años y tenía
buena salud.

Todo pasó tan rápido que solo recuerda que antes de entrar a
la ambulancia, miró a Teodoro Peña y le dijo: tú vienes
conmigo.

Era un reflejo de seguridad porque ese rato se dio cuenta de
que no sabía adónde lo llevaban. Los que querrían saber
llamarían al simposio pero éste había sido cambiado de sitio.

Tenía otra preocupación: el viaje que tenía que hacer a
Londres tras su visita a Barcelona. Era una invitación
importante del Gobierno británico que incluía al Alcalde de
Londres. El año pasado ya se había excusado. Este año debía ir
en febrero pero Bucaram trastocó muchas agendas. Ahora otro
aplazamiento le parecía molesto sobre todo tratándose de los
británicos que son tan cumplidos. Se dijo que le tocaba
hacerles saber, como fuera, que tampoco esta vez podía ir.

Teodoro Peña entró por la puerta de atrás. Beatriz Meneses,
una colombiana que trabaja para la Cruz Roja de Barcelona, se
fue en el puesto de adelante. Jamil le tomó la mano y no se la
soltó durante todo el camino. Ella le hizo, como es costumbre,
las preguntas de boxeador. A él le pareció estúpido el
ejercicio pero, sin alterarse, respondió quién era, cómo se
llamaba, dónde estaba, a qué había venido, qué día era...

Beatriz Meneses quería saber "si estaba situado en espacio,
tiempo y lugar". Por eso, para hacerle un seguimiento y para
evitar que se durmiera, repitió el interrogatorio cada cinco
minutos.

En el Hospital Clínico de Barcelona, su situación le pareció
menos clara. Los médicos lo examinaron, le tomaron la presión,
lo prepararon para cualquier eventualidad y le insistieron en
que estaba en uno de los mejores hospitales de Europa.

No solo el hospital era bueno. También los médicos. "Está
usted en muy buenas manos -le dijo uno de ellos-. A mí me tocó
atender al Alcalde de New York cuando trabajaba en Estados
Unidos". En medio de su desgracia, Mahuad sonrió y le dijo:
"estoy salvado pues usted es un experto en alcaldes. Si
hubiera venido de diputado estaba fregado". De allí fue
llevado a terapia intensiva.

A esa hora, mediodía en España, seis de la mañana hora en
Quito, la noticia ya era conocida en Quito y fue difundida un
poco más tarde. ¿Quién la dio? Carlos Vera, representante del
Ecuador ante el BID. Pero, claro, se supo el milagro, no el
santo.

La versión que tiene Mahuad es la de un involucrado que siente
que esa noticia, y cómo fue dada, pudo haber causado otras
catástrofes. Su hermana estaba preparando el desayuno para sus
hijos que iban al colegio y su esposo la interrumpió para
decirle que hay una noticia sobre Jamil. Ella pensó que el
avión en que viajaba se había accidentado.

Su hija se estaba duchando para ir al colegio y recibió una
llamada para decirle que sienten mucho lo que pasó a su padre.
No le dijeron que estaba muerto pero la forma en que se lo
dijeron le dio a entender que así era.

Su hermano estaba durmiendo, su esposa había llevado a los
niños al colegio y, de pronto, empezó a sonar el teléfono para
preguntarle qué pasaba con el Alcalde. El no lo sabía.

A Teodoro Peña y a César Arias les dieron en el hospital una
oficina con dos líneas de teléfono muy cómodas para llamar al
Ecuador.

Uno, para informar, sin tener conciencia de que la noticia ya
estaba en el aire. Dos, para comunicarse con su familia,
porque cuando Peña le preguntó al médico cómo estaba el
Alcalde, él le respondió que podía morirse o salvarse. Peña le
dio mucha importancia al orden de la respuesta: morirse o
salvarse.

¿A qué horas tendrían certidumbres? El médico le dijo que no
le podía decir absolutamente nada en menos de cinco horas. Le
dijo además que podía ser necesario un coma barbitúrico.

¿Qué estaban pidiendo? ¿Cómo autorizarlo tan lejos de sus
familiares? Mahuad se pone en el lugar de su amigo y aprueba
lo que hizo. Peña preguntó dónde tenía que firmar y pidió que
le hicieran lo que tenían que hacerle.

Hacia las 08h30, hora de Quito, lograron comunicarse con la
secretaria de César Arias. Y se enteraron de que una radio
había dicho que la mamá de Mahuad había ingresado gravísima a
un hospital por la impresión que le había causado la noticia.
La evaluación fue inmediata: si esa noticia le llega a Mahuad,
se muere. Peña llamó al médico y le pidió cortar toda
información. A partir de ese momento todas las comunicaciones
pasarían por él. Un rato después, supieron que la mamá de
Mahuad estaba en su casa, inquieta como todos pero bien de
salud.

Mahuad estuvo cuatro días en terapia intensiva pero no
recuerda cómo los vivió. Debió estar medio dormido, medio
sedado. La conciencia de esos momentos en los que los médicos
navegaron en medio de decisiones cruciales para su vida se la
dio Angel Chamorro, el médico especialista en alcaldes.
Chamorro tiene 39 años y es el segundo más importante del
Servicio de Neurología, tras el doctor Eduardo Tolosa.

El no estaba en servicio pero le pidieron que fuera al
hospital. Y luego se encontró con llamadas del Presidente del
BID, de los alcaldes de Barcelona y de Madrid y de gente
importante de Ecuador.

El conocía a un paciente llamado Jamil Mahuad pero ignoraba
que era una figura política. El le contó que, efectivamente,
llegó al hospital con un alto grado de conciencia pero, al
mismo tiempo, no paraba de bostezar. Y lo peor que le puede
pasar a un paciente con derrame cerebral es tener sueño. El no
sabía que había llegado la noche anterior tras un largo viaje.
Ni que en la noche que precedió su viaje apenas había dormido
cuatro horas. En esas circunstancias, el sueño lo preocupó
porque significaba que el derrame podía estar afectando
centros vitales.

Jamil Mahuad sentía, en cambio, que su trabajo estaba hecho.
Había aguantado sentado. Había pedido una ambulancia. Se había
diagnosticado un derrame. Ahora, que estaba en manos de los
médicos, solamente quería dormir.

Su amigo Chamorro le hizo el perfil de su derrame. En cuanto
al tamaño, en una escala de uno a tres, fue de dos. Uno es una
uva. Dos una mandarina. Tres una naranja. Desde el punto de
vista de la ubicación, se produjo en una zona de paso. Y al
compararlo con un computador, no afectó al disco duro sino a
la memoria (RAM) por donde cruzan todos los mensajes.

La causa del derrame fue una malformación de un vaso, no
presión alta. Sin embargo, él llegó al hospital con la presión
alta, resultado del derrame, no motivo de él. Además, el
propio cerebro, al sentir un derrame, empieza a cerrar los
vasos para limitarlo. Pero al hacerlo, sube la presión pues el
espacio para que circule la sangre es menor.

Mahuad parece ahora médico experto. Y muestra las radiografías
en las que se ve una especie de huevo frito: la yema es la
sangre y la clara, la cantidad de otros líquidos. Y habla de
ese cuerpo como un espacio de solidaridades impresionantes
donde, al mínimo accidente, el organismo manda su fuerzas de
choque para ayudarlo a sanar. De ahí las hinchazones porque
llega más de todo: más sangre, más plasma... El problema del
cerebro es que es un sitio cerrado. La hinchazón puede agravar
el accidente porque las neuronas son como quinceañeras,
absolutamente susceptibles: se sienten agredidas, se resienten
y dejan de trabajar.

Ahí supo que el cuerpo se ocuparía de parte de su
recuperación. Enviando, por ejemplo, unas células, llamadas
macrófagos, a comerse la sangre del derrame. Y luego de esas
células vendrían otras, llamadas neurotransmisores, para
incentivar la interconexión neuronal por vías distintas a las
que existían.

Saber el tamaño y el sitio del derrame era esencial. Pero
después había que ver si seguía o no sangrando y qué zonas
estaba afectando. De ahí el plazo de cinco horas que se dieron
los médicos.

En ese lapso consideraron todas las opciones. Y, además, no
podían equivocarse pues en pocas horas ya habían recibido no
menos de 120 llamadas. Tenían a un paciente importante.
"Agradece a Dios, le dijo después Angel Chamorro, que caíste
en manos de neurólogos y no de neurocirujanos. Ellos siempre
abren para ver que hay".

Uno de los dilemas que se planteaban estaba entre recurrir a
un coma barbitúrico en el que, gracias a cantidades de
medicamentos, bajan el metabolismo para evitar que se agrave
el edema. O, en el peor de los casos -si el derrame afectaba
un centro vital (el respiratorio, por ejemplo)- prever una
traqueotomía. Pero esas decisiones deben ser oportunas. Es
decir, que deben ser tomadas entre media hora y tres horas a
lo sumo. Chamorro dijo que debían esperar. Tolosa opinó lo
mismo. Hicieron la tomografía, vieron que el derrame estaba
localizado, conocieron la explicación del sueño, vieron que él
seguía consciente... En una palabra, no había deterioro del
estado de alerta, como ellos lo llaman.

El derrame había sido localizado y se había detenido. Había
sido serio y en casos similares, un 40 por ciento de personas
muere. ¿Morirse? En esa palabra no había pensado demasiado. Ni
en la diferencia entre morirse y tener miedo a morir. La
muerte le suscita inquietud, recelo y -aunque cueste
aceptarlo, porque esas cosas cuestan- también miedo. Lo raro
en su caso es que tenía la certeza absoluta de que no se iba a
morir. En un comienzo tuvo más miedo de quedarse
discapacitado.

Se veía en una silla de ruedas, no como un vegetal -en ese
caso no importaría- sino seriamente imposibilitado. Pensó en
la cara de sus familiares que, de alguna forma, se apoyan en
él. Ahora sería una carga para ellos.

En esos momentos habló con Dios. Le dijo que si se iba a
quedar como estaba temiendo, lo mejor era que acabaran ahí las
cosas. Medio dormido, medio despierto no cesaba de pensar. Se
decía que si el derrame seguía se quedaría ciego, totalmente
paralítico, con algún retraso mental importante, mudo...

Le dijo que esa situación no sería justa para los otros. Que
él quería vivir mientras fuera productivo. Eso le dijo. Pero
poco tiempo después tuvo una sensación contraria: le dio
vergüenza haber pensado así, se sintió pretencioso y soberbio.
Y esas palabras tienen una gran significado para los
creyentes. Y él lo es. Profundamente. Pero en silencio. Sin
mezclar política y religión. Dejando entrever solo, de vez en
cuando, alguna frase en una respuesta a preguntas, tipo
¿cuándo inaugura usted el trole? En diciembre si Dios quiere.
Pero sin más. Yendo de vez en cuando a oficios religiosos y
comulgando en algunos. Creyente sí, pero no curuchupa.

Se reprendió. Se sorprendió de haber supeditado todo a estar
perfectamente de salud. Se dijo que había conocido a muchas
personas discapacitadas que había salido adelante. Puso a
desfilar a Stephen Hawking, a Christopher Reeve y tantas caras
de personas que ha visto y apoyado en las olimpiadas para
discapacitados en Quito. Y se dijo que no tenía derecho a
pensar como lo había hecho.

Su acto de contrición lo llevó a una plegaria hecha a ese Dios
personal al que se confiaba en ese momento, el más duro de su
vida: "que sea lo que tú quieras y lo único que te pido es
fuerza para salir".

Oró así por ráfagas. No lo había hecho tradicionalmente. Nunca
había dedicado diez minutos a meditar o a orar. Dios era una
convicción pero el correo con él se limitaba a un pensamiento,
a una frase. Esta vez esa dimensión se ha reactivado.

En el momento en que le dieron el diagnóstico navegó entre un
agradecimiento sin límites y una inquietud que propuso
esclarecer. Del diagnóstico retuvo dos cosas: su vida no
corría peligro y lo único que iba a tener que tomar era una
pastilla de 50 miligramos para la presión. Los médicos le
aseguraron que el problema no era de presión pero era mejor
así. Y le recomendaron mantenerse al margen de todas las
noticias, hechos y llamadas. Debía evitar cargas de adrenalina
y problemas que le dieran vueltas en la cabeza. Su mayor deber
era recuperarse.

¿Recuperarse? Esa era su inquietud. ¿Qué querían decir con
ello pues él se veía limitado, con un lado semiparalizado? Te
recuperarás, le dijeron, ciento por ciento. El insistió: ¿Eso
quiere decir que podré volver a jugar tenis? Sí, le
respondieron. ¿Con una pierna inerte y débil y un desajuste en
su sentido del equilibrio? A lo mejor algún movimiento muy
fino con la mano no lo puedes hacer, alguna cosa muy chiquita,
que ni siquiera notarás, le aseguraron. Y le dijeron que iría
viendo cómo avanzaría de rápido la recuperación. Que volvería
a caminar normalmente. Que a los pocos días sentiría la pierna
y el brazo. Que en menos de tres meses lo de Barcelona sería
apenas un recuerdo.

Morirse o salvarse, le habían dicho los médicos a Teodoro
Peña. Se salvó. (Texto tomado de EL COMERCIO)



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