G. W. B.


Publicado el 30/Marzo/2003 | 00:00

La Tercera Guerra Mundial comenzó la noche del 19 de marzo de 2003, por decisión del presidente de los Estados Unidos del Norte de América, George Walker Bush, quien, por mandato divino, tiene la responsabilidad de convertir su país en una "nación universal". Para ello el cowboy de Dios entra a puntapiés en los países, como si sus límites fueran la puerta del saloon, lleno de otros delincuentes: así entró en Afganistán, a bombardear las ruinas que quedaban de otra guerra, entre ellas su población en ruinas, puso el gobierno que quiso, y volvió tranquilo a su rancho a escoger, árbitro del Bien y del Mal, qué país atacar. Esta vez le tocó a Iraq.
A diferencia de su anterior aventura, ya no se trata de cazar a Usama Ben Laden; la mayor potencia del mundo -la única potencia del mundo-, con el más perfeccionado sistema de espionaje, con el mayor ejército concebible, con las armas más feroces que se hayan inventado, orgullosa de su CIA, de su FBI, de su Pentágono, en un año y medio no ha podido capturar a un individuo. Y, para evitar la vergüenza de otro fracaso, ya no se habló de su búsqueda sino de la necesidad de desarmar a Iraq, la necesidad de desatar allí la guerra, luego, la de instalarse "sólo por el tiempo necesario", para implantar su democracia allí donde nadie se lo ha pedido, pero que, en cambio, cuenta con 15 mil millones de toneladas de petróleo, obsesión de la familia Bush. (Ojalá que no les toque un día la misma suerte a Brasil y Venezuela).
La insolencia del "proyecto regional" contra las naciones ha venido preparándose durante un año y medio, o más, desde hace diez años, desde antes de encontrar un pretexto. Reviviendo y encarnando, por mandato de Dios, la cruzada del "Destino Manifiesto" de los Estados Unidos, se trata ahora de imponer su presencia en el mundo, para un nuevo reparto de lo que queda. Tras apoderarse de los países árabes -son islámicos pero tienen el 65% de las reservas petrolíferas del planeta- está Europa en la mira: se trata de quebrar la Unión Europea (aun cuando fuera con la triste ayuda de Tony Blair -"ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, ya no primer ministro de Gran Bretaña", según Nelson Mandela- y con la más triste aún de José María Aznar, convertido en recadero), y de cercar a China (ya ha cambiado la política hacia Corea del Norte, que integró "el eje del mal" aún antes de anunciar sus nuevas bombas). Entonces, ¿dentro de cuántos años se habrá afirmado en el planeta la "superpotencia única e indiscutible" con que sueña ese cruzado fundamentalista que le ha nacido al siglo XX?
No encuentro momento alguno de la Historia en que el desprestigio moral y cultural de EEUU haya suscitado menor respeto internacional que ahora, ni siquiera durante la Guerra Fría, ni tras la agresión injustificada a Corea, ni tras las derrotas en Playa Girón y Vietnam, ni tras sus tristes victorias de matón de barrio en Nicaragua, Guyana, Panamá... Y es a este George W. Bush -en quien el mundo entero ve a un cowboy, "sediento de guerra", "creador de un auténtico terrorismo de Estado", que actúa con "patente de corso"- a quien su propio pueblo deberá reclamárselo. (O al "Atila del siglo XXI" que instaló en su país el miedo como forma de cultura y de vida, exponiéndolo a nuevas acciones de terroristas, esta vez reivindicativos. Y allí tampoco volverá a crecer la hierba).
Es posible que Sadam Hussein tenga armas prohibidas —los inspectores de la ONU no las han encontrado, pero quienes mejor pueden saberlo son los "aliados" que le ayudaron a fabricarlas. (Y EEUU también a utilizarlas: así contribuyó a causar la muerte de 250 mil iraníes y 5 000 kurdos en 1991, y la de 6 000 soldados en retirada, enterrados vivos hasta el cuello, sobre cuyas cabezas pasaron los tanques victoriosos). Que EEUU tiene las más temibles armas de destrucción masiva, lo sabemos todos. Pero Iraq no constituye un peligro para Occidente, mientras que EEUU, con su insultante desafío a todas las naciones, encarna, él sí, un peligro para Oriente y Occidente: el cowboy se arrogó facultades de sheriff para decidir cuándo, cómo y a dónde llevar la muerte, la desolación, el éxodo y la miseria , quiénes son terroristas -se trate de los Talibán de Afganistán o de las FARC de Colombia-, quiénes deben destituir a sus gobernantes -se trate de Iraq o de Venezuela-, quiénes de ellos pueden vivir en su patria o tienen que exiliarse porque a Bush "se le acabó la paciencia". A nosotros también, dicho sea de paso: ¿qué tal si alguien planteara, si el mundo entero planteara la necesidad del desarme de EUA para evitar el genocidio?
"El mayor terrorista del planeta" ha elevado a nivel de doctrina la guerra preventiva, figura jurídica que va contra la justicia, contra la moral y hasta contra el sentido común; de ahí que Eduardo Galeano encontrara que en la lógica de G. W. Bush cabe "talar los bosques para acabar con los incendios forestales y, para acabar con el dolor de cabeza, decapitar al sufriente: para salvar al pueblo de Iraq, hay que bombardearlo".
Se sabe ya que esta guerra, localizada en Iraq, causaría, con armas convencionales, entre 50 mil y 260 mil víctimas; si se emplean armas nucleares, entre 375 mil y cerca de cuatro millones, y habrá dos millones de refugiados que pondrán en crisis a otras naciones. (Ya puede la Organización de las Naciones Unidas -cuya representatividad y eficacia habrá que revisar tras haber sido abofeteada- ir buscando la "ayuda humanitaria" a Iraq que Bush y Aznar prometieron, desvergonzados, el día mismo del estallido).
Es evidente que G. W. B., quien pretende haber restituido la autoestima a su país, no advierte el odio universal que él le ha ganado, sin preguntarse, ni por un minuto, porque los desdeña, si no tienen razón los millones de personas que han salido a las calles de las mayores ciudades de Europa, Asia y América en las mayores manifestaciones de su historia, los parlamentos y gobiernos de diversas naciones, el papa Juan Pablo II y las Iglesias de distinto credo, las organizaciones de derechos humanos, los periódicos en todas las lenguas, los intelectuales estadounidenses y los autores de esas 400 mil llamadas diarias al teléfono de la Casa Blanca y el Pentágono, diciéndole todos que se oponen al crimen que él está cometiendo contra la humanidad. Y habrá que agradecerle haber logrado semejante unanimidad y movilización contra la infamia. Contra "Executor" Bush que fue capaz de ordenar, como gobernador de Texas, 152 ejecuciones de condenados a muerte; contra quien autorizó a los agentes de la CIA a asesinar a cualquier sospechoso de terrorismo; contra quien pretende convertir a un millón de trabajadores estadounidenses en informantes de los servicios de seguridad; contra quien se opone a la Corte Penal Internacional por temor a que lo condenara como criminal de guerra; contra quien niega los derechos civiles a los prisioneros de guerra amontonados en Guantánamo, que tratan de suicidarse comiendo sus propios excrementos, y luego se permite hablar de la Convención de Ginebra..., contra quien ha impuesto la más injusta, inhumana e infame guerra a la humanidad.
Umberto Eco ha señalado que, "con los vientos de guerra que soplan, estamos en manos del hombre más poderoso del mundo: George W. Bush. Y es que, hoy en día, nadie pretende, como sostenía Platón, que los estados sean gobernados por filósofos, pero al menos no estaría mal que estuviesen en manos de personas con ideas claras". Y ha conformado una antología de las ideas de quien decide nuestro destino. Vayan aquí algunas de ellas, por acaso nos sea dable todavía sonreír: "No es la contaminación la que amenaza el medio ambiente, sino la impureza del aire y del agua"; "Creo que estamos en un camino irreversible hacia más libertad y democracia, pero las cosas pueden cambiar"; "Estamos empeñados en trabajar con ambas partes para llevar el nivel de terror a un nivel aceptable para ambas partes"; "Espero que los ambiciosos se den cuenta de que es más fácil triunfar con un éxito que con un fracaso"; "Es importante entender que cuando hay más comercio hay más intercambios comerciales". Y, quizá, para devolvernos la esperanza: "Sé que los seres humanos y los peces podrán coexistir en paz" y "El futuro será mejor mañana".

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