Encuentros Ineditos Con Velasco Ibarra


Publicado el 30/Septiembre/1990 | 00:00

ENCUENTROS INEDITOS CON VELASCO IBARRA, por Pablo Cuvi

Quito. 30. 09.90. El año pasado, en una caja de papeles
viejos, hallé por azar los manuscritos inéditos de tres
encuentros con Velasco Ibarra, material que había dado por
perdido hacía mucho tiempo. Se trata de apuntes, notas e
impresiones tomadas durante e inmediatamente después del
primer encuentro, del cuarto, y de un almuerzo al que asití en
su casa, en Buenos Aires, por los mismos días del 75.

A diferencia de la serie de entrevistas que constan en mi
libro "Velasco Ibarra: el último caudillo de la oligarquía",
estos encuentros no fueron grabados por la simple razón de
que, en mis pobrezas de mochilero, no pude obtener un aparato
prestado para aquellas citas. Hace pocos meses, pensando ya
en su publicación, rescaté milagrosamente en Buenos Aires los
negativos de las fotos tomadas por Nicolás Bustos. Sin
embargo, por razones de espacio, es imposible presentar aquí
un texto completo.

Pero volvamos a julio del 75: un muchacho desconocido le ha
pedido una cita al hombre más importante del país, que vive su
quinto y último destierro.

Julio 15. Primer encuentro

Llego sobre el tiempo a Santa Fe y Bulnes, encuentro enseguida
el 2009, aplasto cualquier timbre.

- ¿Residencia del doctor Velasco Ibarra?
- El tercero A, creo

Subo por unas escaleras oscuras; no se ven luces en la puerta
del ascensor

- ¿La residencia del doctor Velasco Ibarra?
- En el segundo A, o B, creo.

Timbro, sale la doméstica a preguntar quién es, me dice que
espere. Espero nervioso en el descanso de la escalera. De
pronto, allí está el hombre, igual que en las propagandas, que
en las mil fotos, pienso.

- Adelante señor, por favor.

Alto, delgado, terno de casimir café, ochenta y dos años
enérgicos, se sienta en su butaca de terciopelo marrón. Un
apartamento pequeño, amoblado con sobriedad, cortinas de
encaje, alfombra naranja. Entonces era verdad, el hombre no
tomó ni un sucre. Desecho el cuestionario y le dejo hablar.

- Me parece muy bien que usted quiera escribir una historia
del Ecuador, señor. Todo es fraude y farsa allá, palabrería.

La única historia que sirve es la de González Suárez, señor,
lo demás es mentira. Liberales, conservadores, socialistas,
todos son iguales.

Fíjese en Alfaro y sus matones. Lo mismo que hacían los
conservadores antes del 95, lo empiezan a hacer los liberales:
el fraude, señor, la violencia.

- Pero, ¿Leonidas Plaza no representará la unión de liberales
y conservadores?

- No, señor. Ya no hay conservadores en Ecuador, hombres con
conciencia conservadora, digo. Mire la situación del país
después que sale el partero Ayora, puesto por los militares.
A mí me llaman de Europa, como diputado.

- ¿Ud. se inicia como conservador, doctor?

- ­No, señor! Yo no soy conservador. La gente dice que soy
conservador y no es verdad. Yo soy liberal, pero no de los
liberales de ese Andrés Córdova. Liberal porque creo en la
libertad, en la igualdad. Yo defendí a Neptalí Bonifaz -que
era un antipático- porque fue electo por el pueblo. Fue la
infamia más grande. Empezó con atacarlo en el Congreso. Ese
comunista, escritor, ése que denigró a García Moreno en un
libro...

-¿Benjamín Carrión?

- Carrión, y otros liberales, diciendo que era peruano.
Bonifaz nació en la casa del secretario de la Embajada del
Perú. Luego de su destitución fui a la casa de mi amigo
Humberto Albornoz y le dije: "Ya está lo que querían, pero
esto se empapa en sangre". En efecto, el ejército se levantó
en Quito -yo no estuve de acuerdo porque fue una decisión del
Congreso y había que respetarla- salieron a combatir y al
regresar el pueblo estaba armado. Fue tremendo, señor.
Después vino este Martínez Mera, electo con fraude, lo de
siempre.

- Volviendo al asunto de los conservadores...

- El país estaba en caos, necesitaba un hombre, un conductor,
y ese hombre fui yo (golpeándose el pecho con enérgica
naturalidad). Porque es verdad y hay que decirlo: yo impulsé
la educación poniendo a los curas en su sitio. Los curas
deben pregonar la verdad, estar sobre los demás (hace un gesto
con la mano que indica la cima de la pirámide social), la
verdad, la moral universal, tienen todo el derecho, y el deber
de hacer eso y no otra cosa ajena.

Cuando yo estudiaba en el San Gabriel, debíamos ir a rendir
los exámenes al Instituto Mejía -eso no podía ser así- con un
profesor que no conocíamos.

Los liberales se oponían a la libertad de elecciones, acusando
a los curas, y ellos hacían el fraude.- Pero, la libertad es
un concepto relativo. En esa época los curas y los
terratenientes imponían el voto a los campesinos por el
candidato conservador.

- ­Lo mismo hacían los liberales, obligando a los soldados de
Alfaro a votar! Los tenientes políticos imponiendo por la
fuerza su candidato. Recuerdo una elección, el gobernador de
Manabí llamando a preguntar cuántos votos faltaban. Siempre
hay influencia de alguien.

Mire los fraudes: Córdova le entregó el poder a Arroyo del
Río, el que entregó 200.000 kilómetros cuadrados de
territorio, cuando el país estaba ocupado: un tratado nulo.

- A pesar de su respeto a la libertad y a la soberanía
popular, Ud. se ha declarado dictador.

- Yo no quería declararme dictador. Era un domingo, yo estaba
en el campo descansando, vinieron los militares y ante el caos
del país, me pidieron que me declarara dictador. Yo no quería
porque no tenía colaboradores, ¿quién me iba a apoyar?

Me iba a caer. Pero no podía decir que no, porque me lo iban
a imponer después. Aceptándolo ese momento tenía un triunfo
moral. ­Claro que hubiera querido ser dictador con respaldo,
para sanear el país! Al mes justo de haber subido al
gobierno, estaba en Guayaquil, cuando los militares peruanos
se tomaron el poder. Yo le dije a mi señora: "Vende todas las
cosas que nos regalen -porque usted sabe que a un presidente
le regalan muchas cosas- porque los militares no tardarán en
imitar a los peruanos".

Yo gobernaba con la Constitución absurda que hizo ese Córdova
para que me caiga -él sabía que yo iba a triunfar en las
elecciones. Le quitaba todo el poder al ejecutivo, yo no
podía hacer nada, todas son instituciones autónomas.

Recuerdo que hubo una huelga en Ambato o Riobamba, pedían la
construcción de una terminal de buses. Yo le pedí la plata al
Banco de Fomento y no la entregaban. El pueblo, los choferes,
estaban instigados por ese obispo comunista, ese que no cumple
con su obligación...

¿Proaño?

- Proaño, que agitaba a la gente. Le detesto a ese obispo.
Bueno, yo llegué y no podía aterrizar. Le dije al piloto.
"Baje. Si mato a alguien no es mi culpa". Gritaban abajo el
gobierno, no contra mí directamente sino como representante
del gobierno. Otro grupo me defendía. Casi me matan: tiraban
piedras, afortunadamente no me llegó ninguna. Seguían
gritando fuera en la plaza. Le hice pasar a uno que gritaba
mucho. Yo tuve miedo, que me fuera a faltar al respeto, pero
adentro cambió totalmente. Le dije que ya había ordenado la
entrega de los fondos. Delante de él mandé un telegrama a
Quito, después llamé por teléfono y le dije: "Venga a oír
(hace un gesto con la mano), yo me quedo aquí hasta que llegue
la plata, aunque sea quince días. Y si no llega, la vamos a
sacar a tiros". Salió y les explicó y se calmaron. Pero yo
temblaba, esa gente allí se podía emborrachar y podían
quemar... el Banco de Fomento y todos los bancos. Llamé al
tipo ese y le dije que pidiera a la gente desocupar la plaza:
en media hora quedó vacía.

- ¿Cuáles fueron las causas de su caída?

- No tenía colaboradores, señor. Hombres como Guevara Moreno
o Ponce. Yo llamaba a un ministro a las 10 y me respondían:
"El ministro no llega todavía". Igual en todos los
ministerios. Martínez Merchán, a quien llamé "mi hijo
político"... De Nebot, mejor ni hablar. Juvenal Sáenz, ese si
fue un gran ministro de Obras Públicas. No como Salem Dibo
que se me acercó solo para las elecciones. Dijo que había
hipotecado sus propiedades para la campaña. Mentiras.
Inclusive nombré un comunista, un gordo, un técnico
recomendado por Martínez: le encargué que cobrara los
impustos. ­No cobró nada! ¿Cómo se llamaba? (Se levanta, va
a preguntar a su esposa. "Ramírez", escucho) Ramírez.

Yo tenía que hacer todo, y eso es imposible. Los militares
empezaron a exigir parte de las regalías para comprar
armamentos. Arroyo les dijo que había una ley que respetar,
no les dio. Y claro, ahora disfrutan de los ingresos del
petróleo.

- ¿Y el posible triunfo de Bucaram?

- Eso ya no era problema porque cuando vinieron a verme
diciendo que un turco no podía ser general en jefe del
ejército, yo les dije que al día siguiente dictaba un decreto
como en Méjico o El Salvador, donde sería requisito la
nacionalidad de los padres. Me dijeron que no, que sería irse
contra la voluntad del pueblo: ese Espinoza, el canalla que es
presidente ahora, el otro. Y a los 15 días ya vio Ud. señor,
lo que pasó.

Todo es una farsa allá. Imagínese que en el Congreso se pide
un voto de aplauso por el Che Guevara y todos se levantan
(hace el ademán de levantarse de la butaca) para conciliar. A
los pocos días los conservadores piden el voto de aplauso para
la canonización de monseñor Yerovi y todos se levantan (repite
el ademán). No puede ser: o se está del un lado o del otro.

- ¿Qué opina del frente que se formó a principios del 72,
Nebot Velasco; presidido por Jorge Fernández...

- Sí. (Parece no recordarlo con precisión). Pero Nebot no
cuenta, ya estaba fuera de eso. Moreno Espinoza, enemigo mío,
vino a pedirme que me quedara seis meses más. Yo acepté, pero
en otra reunión, los recibió el ministro de Defenda, Robles
Plaza, les dijo: "El presidente dice que no". Y yo ni sabía,
señor. Lo dijo sin mi autorización. Todos eran unos
farsantes. Así son en el Ecuador, señor.

Yo propuse la vuelta a la Constitución, las elecciones:
pensaba que sería bueno que ganara Ponce -que ya estaba
disgustado conmigo desde antes- con el voto de los campesinos
serranos, que son cristianos.

- ¿Existe un partido velasquista organizado?

- No, señor. Los velasquistas lo único que buscan son los
empleos. No hay nada organizado y yo no puedo hacerlo todo,
hacerme cargo de todo. Se necesitan colaboradores, gente que
organice. Los obreritos, las obreritas, los empleaditos,
votan por mí y después vienen con el "doctorcito"...

- ¿Está de acuerdo en que la sociedad se divide en clases?

- ­Claro, señor! Están los obreros, los campesinos, los
ricos. Pero todos eligen libremente. Lo que pasa es que
siempre hay una inquietud fundamental en el pueblo, en cada
etapa histórica, y un hombre debe recogerla. ­Yo lo hice,
señor! (Pienso que sí, para distorsionarla). Existe un
dolor, una manifestación de la tragedia humana en cada época.
Y siempre será así, siempre existirá esa inquietud, ese
dolor.

- ¿Qué opina sobre Perón?

- Perón ha destruido a la Argentina (Hace una historia de
Perón, lo acusa de cobarde. Luego añade). Un tipo
inteligente -porque hay que decirlo. Desde Madrid apoyó a la
guerrilla, a los partidos de la oposición, le engañó a Lanusse
diciéndole que él también podía candidatizarse. Después dijo
que más fácil era que a él le eligieran rey de Dinamarca (Me
río francamente. El me mira y se ríe por primera y única vez:
no está acostumbrado a reír, la piel se recoge, el bigote
blanquísimo sube, descubriendo los dientes amarillos. Me hace
gracia, nunca vi una foto del hombre riendo, pienso en la
sonrisa eterna de Kissinger, dos escuelas diferentes). Luego
vino la farsa, la elección del dentista Cámpora, al grito de
"Cámpora al gobierno, Perón al poder". Después Isabelita,
López Rega, el desastre, señor.

NOTA: En la mitad de nuestra charla, sonó el timbre. La
doméstica vino a avisarle que era de la farmacia. "Me perdona
unos cinco minutos -dijo-, tengo que ponerme una inyección".
Entonces me fijé en la pequeña curva de la espalda, le vi un
poco más viejo. Después haría dos o tres alusiones a la salud
de otros tipos que estaban más viejos que él, a pesar de ser
más jóvenes. El enfermero dijo algo como: "¿Qué tal, cómo
andás?", me pareció escucharlo y pensé en el poder y su
ausencia. Charlamos un rato más, repitió su opinión sobre
González Suárez, me obsequió tres de sus obras, haciendo
hincapié en "Conciencia o barbarie", que parece ser su obra
favorita. Suponiendo que se había iniciado el paro del
transporte, dije algo de volverme a dedo. Respetuosamente me
ofreció diez pesos ley, no acepté, volvió con el billete, le
dije que no, que iba donde un amigo. Tomó mi nombre y
dirección, me invitó a almorzar el sábado 26, vino a
despedirme hasta el ascensor.

Julio 26, almuerzo

Nuevo cambio: le han visitado tres velasquistas más: Soriano
(?) acompañado por un rico de Guayaquil, quien le preguntó si
respetaba la libre empresa (por supuesto, pero paguen los
impuestos), un señor Dávalos y otra gente. Esta mañana
estaban dos tipos tomándole fotos y grabando una pésima
entrevista para el movimiento velasquista en Ecuador. Arroyo
Robelly le ha invitado al retorno, y él aceptó: el poder
vuelve a jugar, ya no es el hombre tranquilo de la primera
visita; está más agitado, eufórico a ratos, habló de volver,
de derrocar la dictadura; le siento prepotente, aunque dice
también que tiene ochenta y dos años, que son utopías, etc...
Pero es su juego y él lo sabe.

Leí "Conciencia o barbarie", algunos Mensajes y algo sobre la
Gloriosa: sumado a la charla de hoy, donde terciaron unos
invitados conservadores puedo calificarlo como reaccionario.
Llegó a decir que, a pesar de no gustar a muchas gentes,
Pinochet estaba bien. Atacó a Perón desde la extrema derecha;
defendió a M. Soares por su anticomunismo. Punto interesante:
cuando le insinué que era conservador, se enervó y salió con
su demagogia de liberal del siglo XVIII, ratificó su fe en el
Derecho Romano, la Biblia y Platón. Mantiene inalterables las
ideas expuestas en 1936. Cuando el viejo, de tipo y apellido
europeos, habló bien de Onganía, preguntó si había construido
puentes y caminos: las tres claves de su "práctica" política:
impuestos, carreteras, moralización. Detrás, defensa de la
libre empresa y del catolicismo. Estuvo agresivo,
identificándome con la universidad, la ciencia y el Ecuador
para hacer sus críticas de siempre.

Habló seriamente sobre los espíritus y la pertenencia de López
Rega a una secta vudú de Brasil. Cuando le hablé sobre el
boycot de la Texaco atacó la política nacionalista de
Rodríguez Lara. Su enemigo obsesivo es Andrés F. Córdova y
los liberales: indicador de su posición derechista. Al único
que respeta y admira es a Ponce. Le encantan las entrevistas,
las fotos, la charla política.

Me reclamó por no defender a Arroyo Robelly. Respondí que ni
los velasquistas lo defendían. Me dijo que por cuestión moral
participe en la política y le ponga una bomba al canalla
gordo. Y después usted me pone preso, respondí. ­No, yo
respeto a los terroristas que combaten las dictaduras!

Agosto 8. Cuarto encuentro

Reviso las anotaciones sobre los otros encuentros. Mis
impresiones sobre Velasco varían: es muy unilateral
calificarlo definitivamente como reaccionario -a nivel
político- por cuanto carece de una política definida, de un
programa. A nivel ideológico el adjetivo es incuestionable.
Sin embargo, me resisto a cuadricularlo: es un tipo complejo,
carismático, de charla encantadora. Tiene algunas
caracteríscas admirables: inteligencia, pasión, cultura,
desprecios real al dinero, obstinación en la búsqueda de sus
objetivos. Además, habiendo casi descartado una posible
hipocresía, le siento ingenuo a ratos, inmaduro, inestable,
amable siempre, sencillo. A ratos me da pena estar en la
obligación política de combatirlo.

Se vino el frío a Buenos Aires. Me levanto a las ocho para
conseguir grabadora, pero no hay caso. Chupo unos matecitos
con los muchachos y salgo a tomar el tren de Hurlinghan a
Palermo, el mismo de siempre, y como siempre no pago el
pasaje. Calle Santa Fe, colas de gente para el pago de la
luz, titulares alarmistas de la prensa de derecha, todo el
mundo se queja, la situación es verdaderamente crítica.

Timbro, doy mi nombre, subo, me abre la puerta el doctor. A
estas alturas del partido empezamos a ser amigos. Me pregunta
algo inquieto sobre el uso que daré a la grabación anterior;
le explico que es para un estudio.

- Lo que yo trato de entender, doctor, es el fenómeno del
velasquismo frente a la crisis de los partidos tradicionales,
y entenderlo a usted...

- Muy sencillo. ¿Usted conoce, ha estudiado el derecho, el
Código Civil?

- Un poco -respondo tímidamente.

- El problema en el Ecuador -continúa- es que no hay una
cultura sólida, una cultura popular (Los dos planteamientos
despiertan mi interés, pero en seguida, sin mucha explicación,
caemos en el fraude electoral y en el ataque a los liberales.
Luego retoma la crisis de los partidos). Con Plaza se da un
acuerdo entre liberales y conservadores, un acomodamiento.
Estos señores dicen dejemos de pelearnos y aprovechemos en
paz, etc...

- (Cambio el tema) ¿Cómo le afectó el poder, tenía interés
personal, qué buscaba?

- Fíjese Ud.: yo no tenía aspiraciones de ser presidente,
nunca quise. Tenía el temperamento, sí, el afán polémico.
Influido por González Suárez, buscaba siempre la verdad pura,
la libertad, la justicia....

Quería conocer Europa. Y me fui, dejando todo, a mi mamá...
(hace una pausa, piensa seguramente en su primera mujer.
Dicen que se fue con la plata de ella. habría que
investigar). Había escrito diez años, los sábados, en El
Comercio, sin cobrar un sucre. Desde allá, envié algunos
artículos.

- Pero usted se inicia con los conservadores, doctor, apoyado
por el bonifacismo.

- Sí, pero en el bonifacismo había de todo: liberales como
Francisco Guarderas -que después escribió un libro defendiendo
a Alfaro-, José Rafael Bustamante, Hugo Moncayo. Yo estaba en
París y parece que mis artículos defendiendo la libertad
electoral habían causado efecto. Por mi carácter altivo no
acepté el viático que debió darme el gobierno para mi regreso,
no quería deberle nada al gobierno y volví en el Reina del
Pacífico, en tercera clase, fue tremendo. Los bonifacistas
fueron a recibirme en Guayaquil: bajaron los pasajeros de
primera, de segunda y no me encontraron. Al otro día me
toparon en una calle del centro: un fantasma, habrán pensado.
Y éste ¿cómo vino? Me dio vergüenza decirles que había venido
en tercera. (Continúa con el tema del bonifacismo y el
nacimiento del velasquismo).

- Bien, doctor. ahora, lo que yo trato de entender, digamos,
son las causas económicas que hacen posible el velasquismo.
(Pienso: esto no lo puede aceptar. Hay que forzarlo,
veamos.)

- ­¿Cómo me explica a mí con causas económicas?! Yo no tengo
intereses económicos.

- Revisemos el proceso económico del país. La burguesía
costeña, enriquecida con el cacao principalmente, y las
exportaciones, financia a Alfaro. Los conservadores
terratenientes y la iglesia se oponen porque les iban a quitar
el poder, las tierras, los indios. Por lo menos, eso parecía
que sucedería...

-­No, señor! El móvil fue el fanatismo religioso, las ideas.
Alfaro empezó a combatir desde García Moreno, por órdenes de
la francmasonería internacional. Después puso el ejército
ecuatoriano a órdenes de un caudillo venezolano anterior a
Gómez (duda un momento...) Castro, creo. Hoy puede que sean
causas económicas, hace quince o veinte años, con la nueva
sociología, la lucha de clases. ­Pero en ese tiempo no!
Había tres conceptos: el católico conservador, el liberal y el
concepto masón, se luchaba por eso. Alfaro no tenía visión:
obstinado, valiente, él no sabía de intereses económicos.

- Quizás. Como muchos combatientes liberales y conservadores.

Pero la gente que les financiaba sí sabía.

- Claro que en el fondo siempre hay intereses económicos (le
cuesta reconocerlo, quiere mantener un mundo ideal, que la
realidad respalde su visión; denigra luego lo económico). La
gente tiene que comer, que beber, pero el motor principal es
la pasión política, la lucha contra el fraude electoral.
Ahora, con el libro de Marx, quieren explicar todo por lo
económico. Inclusive el mismo Engels tuvo después que
reconocer que no era así.

- Veamos un caso práctico, doctor. Cuando Ud. está en la
presidencia, ¿No siente la oposición de los grupos económicos
a sus planes?

- claro

- Entonces, si Ud. quiere realizar sus ideas de justicia y
libertad, habría que hacer algunos cambios...

- Sí.

- De tal forma que la gente que se opone desaparezca...

-­ Desaparezca, no! (El diálogo fue más largo: él iba
asintiendo a mi exposición hasta que llegué a la desaparición;
allí brincó). Si yo pongo un funcionario es el caos. Los
funcionarios son ladrones, incapaces. Hau que saber
administrar, producir. (Su posición es clara al respecto:
cita los clásicos argumentos de la derecha contra Rusia,
China, Cuba, en defensa de la libre empresa). Yo le voy a dar
una solución más sencilla: hacer que paguen los impuestos.Yo
no puedo irme contra Noboa, Marcos... hablo con ellos, les
llamo a palacio, les digo: ésta es la situación, paguen los
impuestos. Pero todos los fiscalizadores son ladrones, o casi
todos.

- ¿Cómo le transformó el poder? ¿Qué sintió?

- Fíjese Ud., yo era jovencito, tenía cuarenta años, lleno de
aspiraciones, de ambiciones... Y siempre está el orgullo
satisfecho, por qué negarlo. Cuando me pusieron la banda, esa
noche fui a dormir donde mi cuñado Alberto Acosta Soberón que
había hecho una fiesta. La mañana siguiente, medio dormido
todavía, me dije: "¿Esto no más es la presidencia de la
República".

- No se había caído el mundo, las paredes, todo seguía
igual...

- No se había caído el mundo, las paredes, todo seguía
igual...

- (No me escucha sigue en el recuerdo). Claro que ya bien
despierto dije: ­Vamos a trabajar! Reuní a los ministros,
estaba el señor Estrada.... Lo primero que hicimos fue
destituir al alto mando que había estado en contra de Bonifaz.

A Estrada lo combatieron por odio, decían que no era
velasquista. Un diputado Merino de Ambato, ­velasquista!
fíjese Ud., le interpeló. El señor Estrada le dijo que estaba
equivocado en la suma, que no sabía sumar. No lo apunte, no
es por miedo, pero... De eso se valieron para destituirlo, que
había infamado a un legislador. Si sólo dijo la verdad.
Estrada renunció y yo renuncié irrevocablemente. Pero los
primeros en asustarse fueron los liberales, ese Andrés
Córdova, el enemigo más grande que he tenido, que fue electo
por el velasquismo, él se robó la renuncia. Vinieron a
hablarme: que no debía haberlo hecho. Total, se perdió la
renuncia y el Congreso me ratificó. Yo ya me había calmado y
no insistí: ya no quería renunciar. (C-2).

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