En Cangahua, El Bosque Se Poblo De Migrantes


Publicado el 03/Abril/1995 | 00:00

Quito. 04.03.95. ¿Cuántos años tiene San José de Cangahua Bajo?
150, según algunos; 200, según los más viejos; muchos más, para
quien ve por primera vez la historia pintada en sus calles de
tierra y en sus casas de adobe y caña.

Cuenta la gente que esto era un bosque. Que antes de la llegada
de los migrantes de La Merced de Nono, de Nanegal, de Nanegalito
y de Pucará no se escuchaba allí nada más que el viento. Fueron
ellos quienes -atraídos por la cercanía de la ciudad- llevaron la
vida a este espacio.

"Al principio había unas siete casas. Eran unas doce familias,
después los hijos se casaron o se fueron, pero llegó gente de
todas partes y ésto comenzó a poblarse hasta como lo ve ahora.
Mucha gente ha venido desde entonces", dice don Rafael Alberto
Matavai Heredia, un hombre de 73 años que ha vivido toda su vida
en San José de Cangahua Bajo.

Recuerda con claridad cuando vivía -como mucha gente- de la venta
de maíz, mellocos y zanahorias producidas en una de las grandes
haciendas del sector. "Vendía todo en el mercado de San Roque,
pero con la reforma agraria cada uno recibió su pedacito de
tierra y empezó a cultivarla; entonces se me acabó el negocio",
repite como con cierta nostalgia de su propio tiempo..

Fue ahí que se dedicó a cuidar sus animales, "solo veinte
chivitos" que ahora son su fuente de ingresos.

Don Rafael vio crecer a Cangahua al tiempo que sus hijos tomaban
su propio rumbo. Hoy vive con su esposa y dos de sus hijas en una
casa de adobe que levantó hace 34 años.

GENTES DE TANTOS LUGARES...

Casi 2 mil personas viven ahora en el barrio. Gente de otros
lugares de Quito y también de provincia. Hoy, la mayoría de ellos
se han integrado a la vida de Cangahua y han tomado la posta de
los más viejos para impulsar el crecimiento del barrio.

Muchos son obreros en fábricas al sur de la ciudad pero dedican
el fin de semana a las mingas comunitarias, organizadas por el
comité barrial.

El esfuerzo ha logrado solventar -poco a poco- algunas de las
necesidades urgentes.

Pero en Cangahua aún faltan muchas cosas.

El barrio no tiene alcantarillado y son muy pocas familias
(aproximadamente 30 de las 150) las que han construido letrinas o
pozos sépticos. ¿El resto? Utilizan -según cuenta otro de los
vecinos- el bosque como baño.

Tampoco hay teléfonos, ni centro de salud. Y aunque es un barrio
relativamente tranquilo, han empezado a sentir la ausencia de la
vigilancia policial.

La calle principal (una camino de tierra totalmente deteriorado
por los años) es otro de sus problemas, pues por ahí no puede
pasar ningún vehículo. Y en invierno se hace imposible hasta
caminar.

Sin embargo, en Cangahua la gente no pierde las esperanzas. Y
creen que el Municipio responderá "en cualquier momento" esa
solicitud que enviaron hace rato pidiendo alcantarillado. Pero
nadie sabe cuándo puede cumplirse ese "cualquier momento".

Están dispuestos a dar la mano de obra y el tiempo. A trabajar
las horas que sean necesarias. Solo esperan esa respuesta...

Entre tanto, se las arreglan para seguirle sacando vida a su
propio espacio.

EL DESTINO DE LAS COSAS REGALADAS

"Aquí pasan las 24 horas", dice José Oña, uno de los "nuevos"
habitantes de Cangahua. "Algunas llegan antes de las tres con sus
cargamentos de ropa, lavan toda la madrugada y se van. Entonces
llegan otras y otras. Vienen de todos los barrios de por aquí;
esto solo se vacía cuando llueve", explica, mientras con su dedo
señala las lavanderías de piedra.

Bajo un techo de zinc -donado por el Quito Tenis y Golf Club,
según se puede apreciar en vistoso letrero- están éstas mujeres.

La mayoría con sus hijos, un montón de niños inquietos que
corretean por los alrededores, mientras sus madres lavan.

Entre tanto, los más pequeños -niños de meses- permanecen en el
suelo, bajo un sol que quema. Otros, duermen sobre las espaldas
de sus madres y unos cuantos más han sido dejados por ellas junto
a la puerta -cerrada- de un local que hasta hace poco funcionaba
como guardería. (donado, según el rótulo, por el Club de Leones).

Adentro, unas cunas de medio uso permanecen vacías. Junto a ellas
duermen algunos juguetes. La guardería se mantiene bajo llave
porque no existe presupuesto para la administración.

Un día a la semana, sin embargo, funciona allí un dispensario
médico. Con lo estrictamente necesario (y a veces menos) dos
médicos y una enfermera del Ministerio de Salud atienden a toda
la gente.

"Vienen casi todos los jueves", dice una de las mujeres. "Casi
todos, no sé por qué hoy no vendrían"...

Cerca, en un terreno, también recibido en donación, se puede
apreciar un aula prefabricada en la que funciona la biblioteca.

"Centro, hagamos los deberes", dice el cartel que cuelga en el
puerta -cerrada- y en el que se destaca el nombre de la
institución donante.

El presidente de Cangahua Bajo asegura que normalmente la
biblioteca está abierta y que el centro es un lugar de encuentro
del barrio y de refugio de los pequeños. Por ahora, ellos juegan
junto al puente o duermen en el pavimento, bajo un sol que quema.

LOS CAZADORES DE CATZOS

Cuando faltan exactamente diez minutos para las seis de la
mañana, las luces en Cangahua Bajo se encienden.

Uno a uno -entre somnolientos y apurados- salen los cazadores.
Ellos saben que el tiempo es la clave y que cuando el reloj
marque las seis, los zumbidos habrán desaparecido.

Entonces será tarde para encontrarlos: a las seis los catzos se
esfuman.

Y con ellos la posibilidad de saborear algo que -según don Carlos
Sánchez- simplemente sabe "a escarabajo". Pero que para Luis -un
joven que ha vivido toda su vida en Cangahua y que se esmera un
poco más en la explicación- es como "carne frita, pero esponjoso
como una empanada".

La preparación es simple. Se trata solo de quitarles a los
escarabajos las alas, las patas y esa especie de pelitos que
recubren su cuerpo. "Entonces se les fríe con harina y quedan
parecidos al tostado, pero más rico", indica Luis.

Sin embargo, esa no es la única forma. También se los puede freír
solo en aceite y acompañarlos con papas, canguil y tostado.

El mejor tiempo para atraparlos es entre febrero y abril. Es en
estos meses que los pequeños animalitos salen de la tierra y van
a parar al sartén.

Para la gente de Cangahua, los catzos, "los primeros habitantes
de la zona", son un alimento muy común y apetecido. Tanto que
-aún antes de prepararlos- ya encuentran en ellos un aroma
especial, imposible de captar para los aprendices.

Pero no todos los catzos sirven. Los negros, por ejemplo, tienen
un "saborcito amargo" que les hace incomibles, según asegura
Luis.

Son los cafés y los blancos los que se disputan los cazadores
cada madrugada. Son esos los que a esta hora -después de una
buena cacería- debe estar disfrutando la gente de Cangahua.

CUANDO LLEGUE EL AGUA, BAILARAN TRES DIAS

En 30 días San José de Cangahua Bajo tendrá agua. Así lo asegura
José Ricardo Oña, el presidente del comité barrial que ha
trabajado durante muchos meses por conseguirla.

Hasta ahora la obtenían -cada quien por su cuenta- de tanqueros y
cisternas.

Pero el barrio es propietario de 3 ojos de agua y, con el aporte
de la Curia, del Consejo Provincial y de todos los vecinos, ya
cuentan con la tubería y las bombas.

Ahora solo falta que la empresa eléctrica "máximo en 30 días" les
de un transformador. Estaba a punto de llegar el agua de las
vertientes a las casas, cuando ocurrió la guerra que, también en
Cangahua Bajo detuvo por un rato el progreso...

La gente de Cangahua Bajo espera el agua con ansiedad. Y desde
ahora preparan la fiesta con que la recibirán. "Vamos a bailar
tres días", dice uno de los vecinos que ha aportado con plata y
persona -como todos los demás- para conseguir el servicio. (12B)

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