Quito. 24.05.93. José Delgado -el reportero de crónica roja de
Teleamazonas- aparece un día en la pantalla colocado un chaleco
antibalas sobre su cuerpo. El tono dramático, casi tembloroso de
la voz, confirma nuestra sorpresa por la imagen: un cuerpo en
peligro, amenazado, expuesto, pero momentáneamente protegido por
el chaleco policial. Su cuerpo quiere simbolizar, como el que
más, como ningún otro, el cuerpo de la sociedad: también expuesto
y amenazado por el avance incontenible de la delincuencia. Pero
igual que el cuerpo del reportero, el de la sociedad encuentra su
escudo protector en el Operativo Látigo.

Pocas violencias se prestan tanto para el juego de imágenes y
símbolos como ésta que moviliza las "fuerzas del orden" en la
lucha contra la delincuencia. Revivimos las escenas
interiorizadas desde la infancia a través de los dibujos
animados, y las que aparecen diariamente en las series
norteamericanas de televisión: el mundo partido en dos, dividido
entre los buenos y los villanos, entre el bien y el mal, entre el
orden y su destrucción, siempre con un héroe, un gran personaje.
Todo programa tiene su José Delgado, aunque muchos, como el Súper
Ratón, sean solo sus caricaturas.

Hay un terreno -una dimensión subjetiva de nuestra propia vida,
tendríamos que decir-, en el cual se hace posible manejar esas
imágenes: el miedo. Este es, a la vez, una incertidumbre sobre el
presente, y un terror sobre el futuro. Sentimos que la sociedad
se nos va de las manos. Hay que identificar aquello que amenaza
el orden. La palabra es concedida a la Policía, y ella nos da la
respuesta: la delincuencia. El mal ha sido identificado. El alma
nos vuelve al cuerpo. Una tranquilidad recorre de nuevo la
sangre. Se monta un operativo y se inicia esta guerra sin
cuartel, como suele llamarla José Delgado. Hay que seguirla. Día
a día. Hay que reportar las bajas -festejarlas o llorarlas, según
de qué bando sean. No hay que desmayar. Hay que mantener el
ánimo. Hay que informar con detalle. Las victorias causan
regocijo y devuelven la confianza al cuerpo atemorizado.
Confirman lo acertado del diagnóstico policial. Un muerto por
equivocación qué representa al lado del daño que hace tanto
delincuente, responde el ministro de Defensa a las críticas. Y
allí está José Delgado para testimoniarlo, para volver visible
esa realidad, para que nadie dude. Es la prueba de lo que nos
han hablado, de lo que nos han dicho, de lo que nos han
advertido. Las imágenes truculentas justifican nuestro miedo; al
fin, nos devuelven la razón.

La sociedad que quisiéramos

Hay, en todo esto, mucho de política. ¿Qué sociedad nos presentan
la crónica roja y el Operativo Látigo? La imagen de una sociedad
deseada, pero inexistente. Una sociedad de orden, progreso,
trabajo, respeto, igualdad, limpia. Es decir, aquella sociedad
que no existe. No importa que sea irreal, si podemos
imaginarla y desearla. Ahí está el juego político de las
imágenes.

Lo singular ahora es, sin embargo, que esas imágenes son
elaboradas a partir de una violencia extrema, que quiere ser
justificada y tolerada. El discurso apunta hacia allá: los
delincuentes tienen que ser tratados como terroristas, colocados
en la completa ilegalidad, en la oscuridad; convertidos en seres
tenebrosos. El delincuente, normalmente, es un producto social,
una creación de la sociedad; el terrorista es producto de sí
mismo. Al delincuente hay que rehabilitarlo; al terrorista hay
que matarlo. Se justifica, entonces, la violencia estatal. Las
cámaras dan su apoyo. Una rápida encuesta callejera presenta a
una mujer apurada que dice al vuelo, casi sin mostrar su rostro:
"hay que matarlos a todos". Es la voz que hacía falta para lanzar
otro operativo. Seguramente, al final de esas palabras, con el
"todos", algún barrio periférico de Guayaquil era ocupado por las
fuerzas del orden.

Falta de política

Hay mucho de política, y hay, al mismo tiempo, una peligrosa
ausencia de política. El miedo es una incertidumbre frente al
futuro, un desconcierto frente al actual estado de cosas. Pero me
pregunto: ¿podrá la Policía, con sus operativos, y el respaldo de
José Delgado, devolvernos la confianza, la tranquilidad?. Las
certidumbres no las produce la Policía, las crea la política.
¿Serán capaz el GOE de restablecer este orden? ¿De qué orden nos
están hablando?. De un orden que no es compartido, pero que
pretende ser impuesto, y lo peor de todo, defendido. ¿Para qué
eliminar la delincuencia?, ¿Qué nos pasaría sin delincuentes?
¿Acaso los pobres transitarían más seguros por las calles?, ¿La
seguridad de quién está en peligro? Lechner dice al respecto: "Lo
que llamamos orden no es finalmente otra cosa que una propuesta,
digamos, un intento de compartir. Pues bien, solo compartimos lo
que elaboramos intersubjetivamente; solo entonces es nuestro
mundo, nuestro tiempo". Quizá lo que estamos elaborando es un
gran miedo compartido, un miedo colectivo.

El espejo de la realidad

No se trata, por su puesto, de justificar los robos a los bancos,
como podría alguien pensar. Se trata de cuestionar el discurso
sobre la sociedad que elaboran el operativo látigo y ciertos
canales de televisión. Que elaboran, habría que insistir, porque
aquello de que la televisión, como los medios impresos, reflejan
la realidad, son su espejo, es francamente indefendible. Nadie
cree que los reportajes de José Delgado son un montaje de
laboratorio, pero tendrían que explicarnos por qué se han vuelto
tan estelares en los espacios noticiosos, quién decide cuántos
minutos los pasan, en qué lugar los pasan, si al medio día, en la
noche, o al medio día y en la noche, por un lado; y por otro,
quién autoriza la aparición de José Delgado con chaleco
antibalas, quién juzga su lenguaje, la música de fondo y sus
lágrimas en pantalla por la muerte de los policías.

La mayor irrealidad

Ausencia de política. Incapacidad para entender el orden en su
crisis, en sus desgarramientos, en sus injusticias. Y debilidad
para encararlos. Los fenómenos se conectan: un gobierno sin
imaginación ni reflexión política, que le deja al país a la
deriva, a su propia suerte. Un gobierno que no tiene capacidad
para generar una propuesta creíble de política social, cuando los
males avanzan por todos los frentes. En esa ausencia de
referencias, de guías y de horizontes, en esa ampliación del
miedo y la incertidumbre, cabe perfectamente la Operación Látigo.
Es la última de las estrategias para salvar el orden. Por eso, es
la más violenta de todas. Nos muestra el drama social, lo
presenta en nuestras pantallas, lo mete a nuestros hogares, y al
mismo tiempo, lo rechaza de la manera más cruel y desgarradora.
Es la última de las estrategias, y al mismo tiempo la más irreal
de todas.
EXPLORED
en Autor: Felipe Burbano - [email protected] Ciudad N/D

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