DIEZ CUENTISTAS ECUATORIANOS, por Ernesto Albán Gómez

Quito. 30. 09. 90.

MUJERES QUE ESPERAN

Si se me pidiera que sintetizara, en una sola frase, la
impresión que ha dejado en mí la lectura corrida de los diez
cuentos recopilados en el libro que hoy se presenta,
utilizaría estas tres palabras: Mujeres que esperan.

Pero ¿quiénes son esas mujeres y qué es lo que esperan?

En el cuento de Pablo Cuvi, Ligia espera el regreso del hombre
que la besó por primera vez en la playa, para poder cumplir su
propósito final. Hundidas en su ciudad provinciana, Elida y
Rafaela, personajes de Dávila Vásquez, consumen la inútil
inquietud de su adolescencia con el recuerdo del coqueteo
silencioso e intrascendente que mantuvieron con un fugaz
visitante. Tania-Clara Inés, la trapecista de "Triple salto"
de Iván Eguez, encerrada en su carromato, pero que tal vez
sólo existe en el delirio del Payayo Payayón, aguarda que éste
realice su último y desesperado acto de amor. Y en el otro
circo que aparece en la colección, según Raúl Pérez nos
permite adivinar, "Ana, la pelota humana", confía en que
alguien se atreverá cierto día a clavar un cuchillo en la
frente de Demetrio, el lanzador de cuchillos. Ana y María,
que son, para el narrador creado por Velasco Mackenzie, la
doble y única mujer intuida por Pablo Palacio, duermen sin
sospechar, seguramente sin interesarse, cómo concluirá el
casual encuentro con el caballero de la mano en el pecho.

Aun en los cuentos en que la narración se desenvuelve
alrededor de una frenética actividad masculina (habrá que
seguir por ello los recorridos que realizan el antiguo
boxeador, el pesquisa y el fotógrafo, en los cuentos de Marco
Antonio Rodríguez, Francisco Proaño y Javier Vásconez,
respectivamente), encontramos también unas mujeres anónimas
que esperan. En los dos primeros, la figura es similar, si no
idéntica: acostadas en su dormitorio, semidormidas,
semidespiertas, en la oscuridad y en el silencio de la noche,
ansían, soportan, temen, el abrazo sexual del hombre que
llega. En el cuento de Vásconez, el cadáver mutilado de una
muchacha depositado en una dependencia policial, y luego las
fotografías de ese cadáver son, en su inmutabilidad, el
contrapunto del afanoso e imposible intento de encontrar una
salida en el laberinto de la verdad.

Tal vez de todas las esperas del libro, la de la hija, en el
relato de Abdón Ubidia, sea la que desnuda con implacable
dureza aquellos componentes de cansancio, insomnio, hastío,
desencanto, vaciedad, que la espera encierra y que la llevarán
a aguardar, como única y definitiva salida, el tren fantasmal
que en la madrugada cruza por delante de su casa, con destino
a un país desconocido, pero cálido y lejano. Si las
estadísticas sirven para algo, y éstas revelan que en nueve de
los diez cuentos, detrás de la trama se descubre, de una
manera más o menos evidente, la imagen de una mujer casi
detenida en el tiempo en una actitud de espera (aunque
naturalmente con las variantes que cada una de las historias
exige), podríamos concluir que esa imagen es precisamente, la
que caracteriza al libro en su conjunto. Por cierto que, para
marcar un singular y revelador contraste, en el décimo cuento,
el de Ivan Oñate, Marisa Traven, escritora, joven, guapa,
posiblemente extranjera, no esperará el final de la historia y
un buen día hará las maletas y se marchará impaciente,
abandonado el proyecto de escribir la imposible biografía del
novelista.

Se nos anticipa en el prólogo, que esta complicación está
pensada para facilitar, especialmente al lector no
ecuatoriano, una "visión variopinta del :Ecuador a través de
algunos de sus cuentos contemporáneos". Parecería pues que,
de una manera o de otra, seleccionadores, editores y,
naturalmente, los propios cuentistas, yo mismo, al
comunicarles estas reflexiones, coincidimos todos en
considerar expresamente, o en intuir inconscientemente, que
aquella imagen desolada y desoladora ees la que define con
mayor proximidad a la sociedad ecuaotoriana. Una comprobación
adicional, de la cual, por supuesto, no podemos culpar a los
editores, ni justificarlos con el olvido, la falta de
sensibilidad o el gusto literario, porque es también una
resultante de esa sociedad que, por ahora, parece casi
inevitable.

Entre los diez cuentistas seleccionados no se encuentra una
mujer. Estoy de acuerdo, sin duda, en aquello que la
prologuista señala como un hilo que anuda el destino de todos
los personajes, mujeres y hombres. "Una especie de fracaso,
dice, de sus tentativas de asir lo tangible en un medio que...
percibimos como evanescente, ondulante en una persistente
ambiguedad..."

En efecto, la intangibilidad, la ambiguedad, la evanescencia,
son signos dominantes en el escenario de las distintas
narraciones. En algunos de los cuentos, quizás en la mayoría
(evidentemente en "La Resaca", "El triple salto", "El hacha
enterrada", "De bicéfalos y otros", "Tren Nocturno", "El
hombre de la mirada oblicua"), estas incertidumbres se
proyectan al mundo circundante desde la mente del personaje
(que en todos estos cuentos menos en uno es además el
narrador), oscilante entre la vigilia y el sueño, la
imaginación y la realidad, la obsesión y la locura. Por eso
mismo, aunque el espacio físico de los cuentos sea
identificable, éste se retuerce (aparece otra vez aquí el
laberinto, pero en este caso de calles, zaguanes, habitaciones
sombrías) y se llena de brumas, como si estuviera enfrentado a
espejos cóncavos o fuera vislumbrado a través de prismas
engañosos.

En el conjunto predomina, por cierto, un extraño paisaje
quiteño, simultáneamente reconocible y deformado, En "La
vuelta", de Marco Antonio Rodríguez, por ejemplo, seguimos la
ruta del boxeador desde su casa en San Juan, pasando por la
Merced, San Francisco, la 24, la Huáscar, hasta llegar a la
cantina en la que, entre pasillos, aguardiente y memorias de
viejos triunfos, reconstruirá en unas horas la historia de su
vida. Pero esa visión, en una parte mágica y en otra
esperpéntica, de la realidad ecuatoriana, reaparece también en
otras narraciones y en otros lugares.

La ciudad costeña de "La resaca" y la andina de "Coqueteo
silencioso" comparten el mismo clima espiritual. Curiosamente
se percibe una idéntica sensación de neblinosa familiaridad,
cuando Velasco Mackenzie nos sitúa en El Retiro o en el
Palacio de Cristal madrileños, como si el ambiente cerrado,
lugareño, que adivinamos miserable, hubiera sido transportado
por el personaje como una especie de cáscara de la cual no
puede desprenderse.

En los dos cuentos circenses de la colección, el fenómeno se
repite. En el de Raúl Pérez, la monstruosidad de los
personajes, la incongruencia y la brutalidad de las
situaciones se recortan sobre un trasfondo de lugares
conocidos: Esmeraldas, Sangolquí, Santo Domingo de los
Colorados. La ubicación del cuento de Iván Eguez no es
verificable; la gran ciudad en la que deberá escenificarse el
espectáculo final pudiera ser cualquiera, pero también aquí
pércibimos, en las palaras, en la sintaxis, casi me atrevería
a decir que hasta en la inflexión de la voz o en algún rincón
ignoto de la narración, que ésta se desarrolla a nuestro lado.

Sí, creo que el lector no ecuatoriano podrá aprehender a
través de estos cuentos las experiencias, no sólo variables,
sino contradictorias que constituyen lo que llamamos la
realidad nacional. Esa extraña conjunción de raíces profundas
y alienaciones de última hora, de pasado y presente, de mundos
contrapuestos, de dolores recónditos y afanes insatisfechos,
de angustias y abismos repletos de temibles misterios que no
han podido ser develados todavía.Ahora bien, como se trata de
una aproximación a través de la literatura y, concretamente,
del cuento, me parece que podemos preguntarnos ¿por qué del
cuento?

Hay respuestas obvias: su extensión más o menos breve hace
posible agrupar en un solo libro a cierto número de autores,
con la cual la selección gana en representatividad; la
variedad de temas es proclive a satisfacer a lectores
heterogéneos y permite descubrir la realidad propuesta desde
muy diversos ángulos. Todo eso es verdad, pero me inclino a
pensar que, además, hay algo en el cuento, como género
literario, que se identifica con la índole de los narradores
ecuatorianos.

No pretendo ahora postular alguna teoría acerca de porqué los
narradores de una sociedad prefieren el cuento a la novela, o
viceversa. El punto puede ser muy fértil para el análisis y
la controversia. Sólo quisiera recordar que fue Benjamín
Carrión quien advirtió que en la fundamental revolución de la
literatura ecuatoriana de los años 30, en el "nuevo relato",
como él lo calificara, el cuento precedió a la novela. Pablo
Palacio, José de la Cuadra, "Los que se van" son los hitos
incuestionables de esa transformación.

Cuando cuarenta años después, al iniciarse los setenta, un
nuevo proceso transformador sacude la narrativa ecuatoriana,
en la impostergable necesidad de ponerse al día, también el
cuento se anticipa a la novela. La prueba de que así sucedió
surge fácilmente de las páginas de este libro. Y aunque
varios de los autores que en él colaboran han incursionado con
solvencia en la novela, me parece indudable que hasta ahora el
balance sigue inclinándose por el lado del cuento.

Sospecho que con una buena dosis de instinto o de intuición y
otra de análisis y de intimidad con los grandes maestros del
cuento ("Cree en el maestro-Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov-
como en Dios mismo" afirmaba Horacio Quiroga hace setenta
años), los diez cuentistas de la selección han llegado a
dominar la exigente técnica del cuento, conocen los secretos
de su instrumento de comunicación, el idioma; pero sobre todo
aciertan en la elección del tema, de lo que constituye la
médula de la narración.

Un maestro del cuento latinoamericano contemporáneo, Julio
Cortázar, al explicar su concepción del género, decía que el
cuentista, como el fotógrafo, del amplio universo de la
realidad, recorta un fragmento, limita su visión a una imagen
o un acaecimiento "que no solamente valgan por sí mismos, sino
que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector
como una especie de apertura, de fermento que proyecta la
inteligencia y la sensibilidad a algo que va mucho más allá de
la anécdota visual o literaria. "Esta apertura se consigue,
añade, cuando el fragmento escogido es significativo; es decir
cuando "quiebra sus propios límites con esa explosión de
energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho
más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que
cuenta." "Un buen tema atrae todo un sistema de relaciones
conexas, coagula en el autor, y más tarde en el lector, una
inmensa cantidad de nociones, entrevisiones, sentimientos y
hasta ideas que flotaban virtualmente en su memoria o su
sensibilidad.

"La cita de Cortázar podría alargarse más todavía, pero lo
dicho es suficiente para justificar mi afirmación anterior.
¿Por qué considero que los cuentos escogidos son buenos
cuentos? Porque son capaces de ir más allá de su propia
anécdota; de abrir espacios de imaginación o de sensibilidad;
de coagular durante los breves minutos de su lectura
entrevisiones e ideas que flotaban; de secuestrar al lector
para trasladarlo a un mundo, real o imaginario no importa,
pero lleno de sugerencias secretas, para conmoverlo, para
emocionarlo, para dejarlo enriquecido con algo nuevo, que
puede ser una particular perspectiva de la condición humana o
de la vida o una distinta concepción social. Ese salto que los
cuentos consiguen generar en el lector es el que garantiza su
calidad. La anécdota puede ser más simple o más complicada,
más real o más fantástica, pero en cualquier caso guarda
dentro de sí un misterioso y fecundo potencial. El
reencuentro a la orilla del mar, la decisión audaz de dos
adolescentes, el monólogo de un payaso, la conversación de dos
boxeadores retirados, las obsesiones de un pesquisa, la
pesadilla de una solterona, la investigación de un crimen
sórdido, un sueño que repite el pasaje final de una novela ,
dos sudamericanos que consumen en Madrid una botella de vino,
la rebelión de los personajes de un circo, no son sino el
puente que nos conducen a otras dimenciones de la experiencia
humana, de la imaginación, del sentimiento. El amor, la
muerte, la miseria, el odio, la persecución, el rencor, la
verdad y la mentira, la violencia, la crueldad, el miedo, el
pasado, el futuro, el erotismo, la revelación de un doble que
nos acecha , la soledad, la propia creación literaria, la
locura. Todo ello inscrito en unas coordenadas que marcan
inapelablemente un tiempo y un espacio definidos.

Como toda selección, también ésta puede dar lugar a
discrepancias. Alguien podría reclamar por algún autor no
incorporado o discrepar del cuento elegido. Es válido
hacerlo. Un libro de esta naturaleza nunca deja de estar en
proceso de edición. En todo caso, reitero mi punto de vista:
el libro cumple plenamente el propósito buscado: el Ecuador
más profundo y más auténtico visto a través de sus más lúcidos
intérpretes. Diez escritores. (C-3).

EXPLORED
en Autor: Ernesto Albán - [email protected] Ciudad Quito

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