Quito. 02.12.9O. Desde muy temprano, en el siglo XVI, los
cronistas de Indias alertaron acerca de las extrañas
influencias que, al parecer, el Nuevo Mundo ejercía sobre los
españoles que llegaban a sus costas. Una de ellas era la de
cambiar profundamente a los seres humanos pues, a poco tiempo
de arribados, esta enigmática tierra habíales señalado con su
marca.

Las transformaciones que sufrieron tanto españoles como indios
y que se derivaron del hecho de su convivencia y conocimiento
mutuo fueron visibles en el mismo siglo de la conquista. Para
poder sobrevivir en América, el español debía cambiar de
hábitos, si no lo hacía corría el riesgo de sucumbir. Formas
probadas de vida y de pensamiento, eficaces en el Viejo Mundo,
resultaban inútiles en el Nuevo. Por su parte, la cosmovisión
del indio experimentó un cambio violento, radical. En este
reacomodo de la vida que exigía la inmediatez de inéditas
circunstancias nació el mestizaje cultural. El otro, el de
sangre, se inició, en cambio, la misma noche de los festejos
por la conquista lograda; ahí, sobre los despojos de los
vencidos, en medio del rico botín capturado y bajo los
anatemas del inquisidor fueron engendrados, entre
desfloramientos y retozos, los primeros mestizos.

Bernardino de Sahagún, el compilador de la memoria azteca,
observaba, hacia 1568, que los descendientes americanos de
europeos si bien "en el aspecto aparecen españoles y en las
condiciones no lo son; los que son naturales españoles si no
tienen mucho aviso, a pocos años andados de su llegada a esta
tierra se hacen otros".

Saberse un "otro" diferente y un alguien distinto significó,
para el americano, el arribar a eso que, en varias
oportunidades, he llamado la conciencia de la propia
identidad. Para ello, el criollo hubo de atravesar la larga
noche colonial. No obstante, fue Simón Bolívar el que, con
más clarividencia, vislumbró en su tiempo la novísima
situación histórica, cultural e incluso humana de nuestros
pueblos. Decía: "Nosotros somos un pequeño género humano...
No somos indios ni europeos, sino... americanos". (Carta de
Jamaica). Y luego, en 1819 reitera sus perplejidades: "Es
imposible asignar con propiedad, a qué familia humana
pertenecemos". (Discurso ante el Congreso de
Angostura).

Quizás sean la perplejidad, el desasosiego, y hasta la
incertidumbre los sentimientos que nos acompañan cuando
descendemos a la averiguación de nuestra identidad
colectiva.

Hispanismo e indigenismo

El hecho de que históricamente no hayamos asumido la realidad
de nuestro mestizaje (y dudo que aún estemos preparados para
asumirlo) ha dado lugar a que surjan dos visiones de la
realidad propia, dos posturas intelectuales excluyentes entre
sí y que pretenden, cada una con sus razones, dar cuenta de
nuestro universo cultural y humano: el hispanismo y el
indigenismo.

Si, hasta hace unas pocas décadas y a la sombra de viejos
blasones, se oían altisonantes peroratas de quienes defendían
su rancio españolismo, hoy, con el mismo celo de antaño pero
con rabia, escuchamos la oratoria de ciertos dirigentes indios
que proclaman, así mismo, cierta incontaminada integridad de
su raza. Sin embargo, más allá del exclusivismo que estas dos
actitudes entrañan está presente la realidad innegable y
objetiva de nuestro mestizaje.

Hispanismo e indigenismo, cada uno por su lado, niegan la
realidad del mestizaje para privilegiar sólo uno de los
elementos que lo integran. Estas dos ideologías no son sino
expresiones de una gran frustración: la añoranza de cierta
pureza e inocencia perdidas, y de una utopía: la búsqueda de
la unidad. Pero, a la vez que, en sus expresiones más
tradicionales, el hispanismo y el indigenismo son señales de
que el mestizaje sigue conscientemente rechazado, en cambio,
la cultura popular -expresión de un subconsciente colectivo-
es claro síntoma de que lo mestizo tiene vigencia y que se
expresa, inclusive, con nuestra aquiescencia. La tormenta
siempre está en la superficie del mar, mas, en el abismo de
las aguas profundas las corrientes opuestas se encuentran y
funden par formar una sola.

Lo mestizo: lo "otro", el "mismo"

He aquí otra de nuestras paradojas: una es nuestra palabra y
otra es nuestra vida. Aquello que parecemos no es, en verdad,
lo que somos. parecer es preferible a ser y es ésta,
justamente, la del mestizo: alguien que se niega a sí mismo
con las palabras, pero que se afirma y se define por el
comportamiento. Nuestra capacidad de disimulo y mimetismo es
realmente asombrosa. Tan mestizo es un linajudo quiteño que
hace gala de ancestros hispanos como el indio zaraguro que,
hablando correcto español, enarbola orgullosamente su
indianidad. Cada cual y a su manera, es un mestizo aún y a
pesar de su negativa a serlo, un mestizo "malgré lui".

Para nosotros, los andinos, junto a lo hispano está lo indio y
sobre estas dos realidades se levanta nuestra identidad.
(Dejo para otra oportunidad enfatizar en el ingrediente
negro). Para lo hispano, lo indio es lo otro y viceversa.
Cada elemento es, para el otro, su otredad íntima, insondable,
insustituibles y familiar; pero, además, es él mismo: su
espejo, su genio y su figura. Somos lo que somos por los dos,
sin uno de ellos no seríamos lo que fuimos ni lo que seremos.

Si hemos sido hijos de la contradicción, sólo la vida popular
que la asimila creativamente, supera el conflicto. Aquello
que fue discordia al inicio y al momento de la gestación de
nuestros pueblos se convierte en diálogo en la diaria vigencia
de la cultura popular, forma original, armoniosa y nueva que
salva toda enemistad. ¿Cómo negar uno de los términos de la
contradicción y del diálogo sin que éstos desaparezcan, sin
que, con ello, se esfume nuestra identidad de pueblos mestizos
y andinos? Negar lo hispano (algo que hoy es frecuente) es
tan suicida como, hasta hace poco, lo era negar lo indígena.
Suicida, digo, porque sin lo uno o sin lo otro simplemente nos
serrucharíamos el piso, nos hundiríamos en el vacío.

Lo indio con lo hispano dialogan en esta cosmovisión mestiza
que aflora en la vida diaria de nuestros pueblos andinos; un
diálogo profundo que, en tiempos de estridencia como los
actuales, se prefiere ignorarlo. Este es el diálogo interior
de nuestra cultura mestiza, porque el otro, el exterior, es
aquel que se da con las fuentes del pensamiento occidental.

Ese diálogo hacia adentro...

Parte de ese diálogo hacia adentro o interior es la silenciosa
y soterrada presencia indígena de nuestra cosmovisión mestiza.

Me refiero, por ejemplo, a ese predominio de lo sentimental
sobre lo analítico, a ese instinto triste, a esa mesticia que
ahoga nuestra música y con la que, paradójicamente, nos
alegramos. Es esa vocación de sufrimiento y estoicismo o,
mejor, de aparente indiferencia ante la suerte propia y que,
en el mestizo, trócase en deseo vehemente de compadecer y ser
compadecido. Es esa cálida voluntad comunitaria y espontánea
solidaridad que siempre han caracterizado a las culturas
andinas, pero también es ese hermetismo, ese silencio del
indio que lo mimetiza con el paisaje, con el espacio y la
sombra, silencio del que, en cambio, huye el mestizo porque
cuando todo a su alrededor se calla es la voz ancestral del
indio la que en sus profundidades aflora, voz que trata de
ahogar con la extroversión, con el contacto para la chacota,
el chiste y la ironía, con la balandronada, la impostura y la
mitomanía, trágico esguince con el que esquiva su intimidad.

En fin, es esa concepción circular del tiempo en la que pasado
y presente se funden en una visión hacia adelante, sabiendo,
además, que casi nada cambia, pues lo futuro no es lo
desconocido que éstá por llegar sino lo añorado y esperado que
cíclicamente regresa, idea vitalista y extraña a la
representación europea del tiempo como una superación de
etapas y disparada hacia el porvenir.

Y ese otro diálogo: hacia afuera

Si en nuestra cultura mestiza este es un diálogo hacia
adentro, hay también un diálogo hacia afuera: aquel que nos
relaciona con las fuentes de la cultura occidental. A
despecho del antiespañolismo hoy resucitado, no se puede
desconocer que a través de las raíces hispánicas nos
emparentamos con las fuentes del pensamiento de occidente,
aquel que nace en la civilización mediterránea. Somos
occidentales a la manera andina y, como tales, no podemos
renunciar a ese sentimiento de formar parte de la civilización
hispánica y, a través de ella, sentir que también nos
pertenecen Homero, y Heráclito y Sócrates y que las enseñanzas
bíblicas son parte de nuestras vidas individuales y colectivas
y que don Quijote cabalga también por nuestro mundo lleno de
paradojas.

La búsqueda socrática de la verdad es también nuestra búsqueda
y, al igual que Sócrates, muchos latinoamericanos han
entregado su vida en aras de la supremacía del espíritu. Todo
ello llega a nosotros por el venero hispánico, riquísimo
patrimonio al que debemos añadir la lengua española, lengua
que hoy es tanto de Francisco de Quevedo como de Juan
Montalvo, de Antonio Machado como de César Vallejo. Hablar de
lengua es pertenecer a una civilización, es estar de acuerdo
con un conjunto orgánico de símbolos, creencias, vivencias,
verdades e interrogaciones sobre el hombre y sobre la vida,
sobre la vida y la muerte, sobre el prsente y el pasado y el
porvenir. Y es en las amplias fronteras de esta civilización
que permite la lengua como "sangre del espíritu", en el decir
de Unamuno, donde es posible la solidaridad de los pueblos
hispanos. (C-2).
EXPLORED
en Ciudad Quito

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