Combatir la pobreza mundial requiere algo más que dinero


Publicado el 12/Mayo/2002 | 00:00

Las Naciones Unidas anunciaron su compromiso para reducir la pobreza mundial
a la mitad en el año 2015. Con el propósito de determinar cómo financiar y
sostener ese tipo de desarrollo masivo, el secretario general de la ONU,
Kofi Annan, convocó a una reunión extraordinaria de jefes de Estado y de
autoridades financieras de todo el mundo, que se realizó semanas atrás, en
Monterrey, México.
La desaceleración económica global y los vínculos entre pobreza y terrorismo
internacional hacen del compromiso de la ONU para el desarrollo más
pertinente que nunca. Para que sea más eficaz -y para alcanzar un éxito a
largo plazo, y no un alivio a corto plazo- hay que ir mas allá de analizar
formas de inyectar más ayuda extranjera en el Tercer Mundo.
En resumidas cuentas, la solución duradera para el problema de la pobreza
mundial radica en atender los requisitos fundamentales de un desarrollo
sostenible. La investigación que he realizado a lo largo de décadas muestra
claramente que un plan de desarrollo plausible no consiste solo en dar más
dinero. Lo que se requiere, en cambio, es el tipo de infraestructura,
incluidos sistemas legales mejorados y objetivos, de la que en ocasiones
carecen el Tercer Mundo y las ex naciones soviéticas.
Los pensadores y planificadores de la reunión de Monterrey debieron
preguntarse por qué la gente en Denver, Colorado, no tiene problemas para
obtener créditos o inversiones destinados a proyectos de importancia, en
tanto la gente de Barranquilla, Colombia, sí los tiene. No es que Denver
posea fábricas de dinero que no existan en Colombia.
Lo que Denver tiene, a diferencia de ciudades del Tercer Mundo como
Barranquilla, son instrumentos legales que permiten a ciudadanos
emprendedores obtener y almacenar valores, ya sea en forma de dinero o de
bienes.
En Barranquilla, la mayoría de las viviendas, tierras y empresas sirven solo
como albergues y sitios de trabajo. En Denver, tales bienes también pueden
ser utilizados para hacer dinero.
Por ejemplo, cualquiera, en Denver, que tenga bienes, puede emitir
instrumentos de derechos de propiedad para capturar valores: puede ofrecer
acciones de corporaciones o derechos de patente contra inversiones. A cambio
de préstamos, puede ofrecer bonos, pagares, o hipotecas.
En Denver, y en cualquier otra ciudad del mundo avanzado, el dinero no
obtiene dinero. Lo que uno consigue con dinero es propiedad legal, ya se
trate de un título o de una equidad (diferencia entre el valor de una
propiedad y la cantidad en la que está hipotecada).
¿De qué otra forma puede establecer un inversionista su derecho a recuperar
su inversión? ¿De qué otra manera puede un financista obtener el dinero de
sus préstamos?
A menos que una persona pueda ofrecer al banquero o al inversionista algún
tipo de documento de propiedad que establezca sus derechos al capital y los
intereses, ningún financista legítimo le prestará dinero.
En ciudades de capitalismo avanzado como Denver, cada pedazo de tierra, cada
vivienda, cada negocio, cada incremento en la producción, son la propiedad
legal de alguien. Incluso si los bienes pertenecen a una corporación, siguen
siendo la propiedad de aquellas personas que detentan certificados de
acciones que demuestran que son los accionistas legales de la corporación.
Sin las herramientas de las leyes de propiedad, es difícil que los bienes
puedan ser usados para obtener financiamiento a un costo razonable.
Organizaciones financieras pueden identificar potenciales deudores
confiables en gran escala solo mediante los registros que crea un sistema de
propiedad. Objetos corpóreos, tales como madera en Oregon, pueden asegurar
una inversión industrial en Chicago debido a que el título legal a esa
madera puede ser usado como respaldo colateral.
Empresas de seguros y de servicios públicos pueden encontrar y celebrar
contratos con clientes que pagarán sus cuentas solo a través de los
documentos que instrumentos de propiedad pueden verificar. Una persona sin
un título válido de propiedad no puede llenar un formulario con el objeto de
exportar su producción.
En otras palabras, empresas y viviendas funcionan no solo como albergues en
Denver; también desempeñan un papel para garantizar los intereses
financieros y comerciales de otros interesados.
En cambio, en las calles de Barranquilla o de cualquier otra ciudad del
Tercer Mundo, un 80% de esos edificios, industrias y talleres son
"extralegales". No están protegidos por las leyes o representados por
instrumentos legales que autoricen a sus propietarios a asegurar un préstamo
o una inversión.
Esos valores extralegales no pueden ser utilizados para hacer dinero. Pero
aun así, valen algo. De hecho, valen bastante. Mi cálculo es que los pobres
y las clases medias empobrecidas del Tercer Mundo y de las ex naciones
comunistas tienen mas de $10 000 billones en bienes que podrían ser usados
para asegurar financiamiento e inversiones.
Un ejemplo: a solicitud del presidente de México, Vicente Fox, mi
organización - El Instituto por la Libertad y la Democracia en Lima, Perú -
descubrió que los bienes de los pobres de esa nación que no pueden ser
usados en el mundo financiero (capital muerto) exceden los $300 000
millones. Se trata de una suma 31 veces superior a todas las inversiones
extranjeras directas en México y 26 veces más grande que lo que el Gobierno
mexicano ha invertido en el futuro del país.
Las perspectivas de desarrollo son enormes. Si la mayoría de los bienes en
el Tercer Mundo y en la ex Unión Soviética pudiesen ser representados en
formas estandarizadas y legalmente administradas, lograría destrabarse un
potencial al menos 90 veces más grande que toda la ayuda al Tercer Mundo que
han destinado al desarrollo todos los países avanzados durante las tres
últimas décadas.
Esto no es un mero sueño. Gobiernos del Tercer Mundo han demostrado ya que
pueden crear buenas leyes de propiedad, al menos para sus propias
dependencias.
Hace más de una década, Perú trabajó duramente para reestructurar sus leyes
a fin de permitir a la compañía nacional de teléfonos identificar su
propiedad en una forma estándar, y para emitir acciones y bonos a nivel
internacional. El resultado: una empresa que valía $53 millones en la bolsa
de valores local en 1990 ingreso al mundo de la ley imponible y fue vendida
tres años más tarde por $2 000 millones de dólares, esto es, 37 veces su
valor original.
Así como lo demostraron los humildes labradores de los Estados Unidos y
Europa que atizaron la prosperidad de Occidente hace más de un siglo, los
diligentes pobres del Tercer Mundo no son el problema de un desarrollo
sustentable. Ellos son la solución. Pero un desarrollo real y sustentable
comienza con el imperio de la ley. El principal desafío de los países en
vías de desarrollo es reformar las agotadas o irrelevantes instituciones
legales que impiden a los pobres acceder al mundo de las finanzas.

*Fundador del Instituto Libertad y Democracia en Lima, Perú, y autor de El
Misterio del Capital y de El Otro Sendero

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