Santafé de Bogotá. 26.02.93. Dejar aparcados vehículos en vías
céntricas, portar paquetes voluminosos, pasar largo rato en una
esquina, "como esperando algo", o denotar actitudes nerviosas,
pueden motivar en Colombia sospecha y denuncia ante las
autoridades.

Por culpa del terrorismo, muchas situaciones cotidianas son ahora
sospechosas en Bogotá y Medellín, principales ciudades
colombianas azotadas por este fenómeno.

La policía, la fiscalía y las respectivas alcaldías disponen de
líneas telefónicas, de llamada gratuita, con el fin de recibir
quejas sobre presuntos terroristas o cómplices.

Hace un mes, el comandante de la policía metropolitana de la
capital, general Oscar Peláez, presionado por hallar responsables
de atentados, ofreció una casa de recompensa a cada agente que
desactive un coche-bomba.

Aunque en Medellín el terrorismo se focaliza contra los policías
(100 acribillados o víctimas de explosiones desde junio de 1992),
los muertos civiles en atentados con coche-bomba en el último año
bordea los 50 y los heridos y damnificados se cuentan por
centenares.

Este año la ola terrorista se expandió hasta la capital, donde
murieron 26 personas y 227 quedaron heridas a consecuencia de
cuatro coches-bomba que explotaron entre el 21 de enero y el 15
de febrero.

La situación semeja épocas de zozobra y pánico vividas entre 1989
y 1990, cuando se desató otra ola de atentados que dejó un saldo
de mil muertos.

Entonces como ahora, el gobierno responsabilizó al fugitivo Pablo
Escobar y al "Cartel de Medellín". Antes, por la "guerra al
narcotráfico" que declaró el presidente Virgilio Barco
(1986-1990), y ahora por la persecución de que es objeto.

Aunque la violencia es un ingrediente de la cotidianidad, el
fenómeno terrorista que por estos días afecta a ambas ciudades,
parece haber desbordado la capacidad de "reciclar" el miedo que
tienen sus habitantes.

Resulta sintomático que en los cafetines y corrillos de Medellín
y Bogotá no se hagan chistes sobre el terrorismo, pese al
característico humor negro de los lugareños.

"Es terrible tener que dudar hasta del vecino, pero así están las
cosas aquí", comentó un tendero de barrio, en la capital.

A las promesas gubernamentales de que la violencia será derrotada
e invocaciones de solidaridad ciudadano para "evitar que el país
sucumba en la desesperación" se superpone la incertidumbre
generalizada.

La explosión y su secuela de muerte puede ocurrir en cualquier
momento y lugar, es un temor latente en la mayoría.

Las estrictas medidas de seguridad para los automovilistas y el
control en centros comerciales y lugares de mayor confluencia de
público, donde se instalaron sistemas conectados a estaciones
policiales, se reconocen como útiles pero no contribuyen a calmar
los nervios.

Tampoco parecen aminorar la tensión cartillas y catálogos
preventivos, como una preparada por el "Grupo de apoyo y rescate
de la Universidad Nacional", difundida este jueves.

"No se trata de andar con los nervios de punta todo el día ni de
desconfiar de todo el mundo, sino observar permanentemente el
sitio, las personas y las cosas que lo rodean y saber que esta
pasando y que puede pasar", pide la cartilla.

En 15 puntos de instrucciones y sugerencias para prevenir la
tragedia, afrontarla y superarla, el documento sugiere preparar
planes de contingencia en oficinas y fábricas.

Un recorrido por las zonas céntricas de la capital, permite
observar muchos ventanales de edificios protegidos con cintas y
películas adhesivas que aminorarían la dispersión de los
cristales en caso de explosión.

A comienzo de mes, la policía de Medellín lanzó una campaña con
13 recomendaciones para evitar el hurto de vehículos utilizados
por los terroristas.

No aparcar en sitios oscuros ni en estacionamiento donde exijan
las llaves (pueden sacar duplicado), no subir a extraños al auto
(pueden ser delincuentes), cierra completamente las ventanas y
colocar seguros en las puertas, son algunas de las sugerencias.

También se recuerda que "las estaciones de servicio no ofrecen
garantía como aparcaderos" y pide al automovilista que "al
estacionar en la calle o detenerse en un semáforo, observe a su
alrededor para no ser sorprendido".

Aunque muchos apelan al aforismo popular según el cual "nadie se
muere la víspera", la mayoría toma precauciones y hasta trata de
obtener ventajas.

"Todo tiene su precio y su sobreprecio" comentó un taxista a una
usuaria, quien debió pagar tarifa extra para que la trasladara
del norte al centro de la capital.

"Es que ir por allá tiene sus riesgos", explicó el conductor y
recordó que los más recientes atentados ocurrieron en esa zona.

Los optimistas recurren a la música como paleativo de la tensión.

Germán, vendedor de una tienda de discos en el centro de Bogotá,
comentó: después de la última bomba han aumentado las ventas.
Debe ser para pasar el susto.

Pero en estos días ni siquiera las telenovelas sirven de escape.
Sobre las imágenes de apasionadas escenas de amor, aparecen
letreros que convocan a los comités de damnificados del
terrorismo, a acudir a las entidades estatales encargadas de
canalizar los créditos de auxilio. (IPS)
EXPLORED
en Ciudad N/D

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