Quito. 19 jul 97. Después de años de especulaciones, a inicios
de este mes, se dio al fin con los restos del legendario
guerrillero Ernesto "Che" Guevara, enterrados en una fosa común
junto al aeropuerto de Vallegrande (Bolivia). Sus despojos
fueron recibidos en una solemne ceremonia en La Habana, el 14 de
julio.

El fervor con el que se siguió la búsqueda de los restos del Che,
en el remoto poblado boliviano, 30 años después de su muerte, no
deja de sorprender y revela el carácter mítico que ha adquirido
el personaje.

Es un mito de múltiples orígenes. Por un lado, el guerrillero lo
cultivó él mismo -"todo jefe tiene que ser un mito para sus
hombres" dijo a Regis Debray-. Esa distancia envuelta de
misterio buscada por el "Che", le otorgaba una cierta autoridad
que sobrepasaba la que le conferían los combates; una autoridad
indispensable, tanto en el monte como en el ministerio.

La voluntad enorme y la valentía que desplegó Guevara en las
luchas guerrilleras contra sus enemigos, el asma, el hambre y las
duras condiciones de la vida guerrillera, sumadas a la leyenda
que su actitud fue creando en su entorno, son el primer origen
del mito. Sin embargo, la leyenda rebasó los límites de la tropa
como la de Cuba, y llegó a toda América Latina.

TRAS LA HUELLA DE BOLIVAR

Desde joven, Guevara viajó por América. Argentino, recorrió la
mayoría de los países latinoamericanos como médico -en las
leproserías- y como revolucionario. Del río de la Plata a
Guatemala, donde asistió impotente a la caída de Arbenz,
fomentada por los Estados Unidos; a México, donde conoció a los
exiliados cubanos; a la Sierra Maestra, donde se empezó a forjar
su leyenda; a Bolivia, donde fue asesinado, el Che representó una
cierta unión de América Latina.

Este aspecto de su vida lo arraiga en una tradición profunda del
continente: la de la unidad y la solidaridad bolivariana. Más
allá de las diferencias de enemigo -el colonialismo en el siglo
pasado, el imperialismo norteamericano en éste-, la lucha era
evocadora para el inconsciente colectivo.

Las traiciones y la trágica muerte después de la extraordinaria
aventura -fue acribillado por un soldado boliviano el 9 de
octubre de 1967, después de su captura- le dieron el final de
todo personaje legendario. Basta compararlo con ilustres ejemplos
como los de Napoléon en la isla de Santa Helena, Julio César
traicionado o el general Bolívar "en su laberinto".

Las impresionantes imágenes del cadáver del Che despertaron
irremediablemente nuevas pasiones en un continente en el que,
según Paco Ignacio Taibo, biógrafo del guerrillero, existe "la
terrible tradición cristiana de adorar santos llenos de heridas,
cristos torturados".

ANGEL Y DEMONIO

Pero la imagen de este hombre fuera de lo común también dio la
vuelta al globo porque fue instrumentalizada, utilizada con
diversos fines.

En primer lugar, es utilizada por los cubanos y los comunistas
para galvanizar a sus compañeros de lucha, y para crear nuevos
adherentes a "la causa". La imagen de un santo laico que lucha
por los pobres del mundo entero, modelo de un "hombre nuevo"
redentor de la historia, es sin duda una valiosa propaganda.

Del otro lado de la moneda, el Che también despierta interés:
existe otro Guevara, hombre uraño y sucio, asesino que se
escondía en los montes buscando emboscar a todo el que se
aparezca, hacedor de rivalidades entre los paises socialistas,
ampliamente utilizado por los servicios de propaganda de los
Estados Unidos. Al parecer, la CIA divulgó tantos documentos e
informaciones contradictorios en torno al Che, que logró
enredarse a sí misma en cuanto al paradero y los proyectos del
guerrillero. Por supuesto, también el mercado ha contribuido a
divulgar esta efigie tan popular, multiplicando los afiches,
revistas, camisetas y todo tipo de accesorios que la representan.

Múltiples son las causas que han hecho del Che un mito, de su
imagen un icono moderno, pero aún cabe hacerse una última
pregunta: ¿por qué el mito, en vez de disiparse, en lugar de irse
borrando con el tiempo, parece mostrar un nuevo vigor y una
renovada vigencia?
Como Paco Ignacio Taibo, hay algunos que piensan que el sueño
igualitario vuelve en los tiempos en que los excesos del
neoliberalismo hacen estragos.

Así como el mito de Don Juan surgió en la España puritana del
siglo XVII, como el de Superman irrumpió en la sociedad americana
conmocionada por la crisis de 1929, el del Che retornaría como
reacción ante un fin de siglo huérfano de todo proyecto social.

GUEVARA TEMIDO TANTO AL ESTE COMO AL OESTE

Parece lógico pensar que, en el contexto de la Guerra Fría, el
Che Guevara fue tanto una pesadilla para los Estados Unidos como
un arma valiosa para los soviéticos. Paradójicamente, el
"comandante" resultó ser igualmente incómodo para las dos
superpotencias.

Para los Estados Unidos no hay ningún misterio que disipar: el
legendario guerrillero promovía revoluciones anticapitalistas,
criticaba punzantemente la política norteamericana y su apoyo a
sangrientas dictaduras, su imagen movilizaba a los pueblos en
favor de sus ideales.

En lo que concierne a los soviéticos, el problema es más
complejo. El guerrillero fue uno de los principales actores de
la revolución cubana y logró divulgar y promover valores que, al
menos en los discursos oficiales, eran los de los soviéticos. Fue
él quien anunció solemnemente a los cubanos, el 3 de julio de
1960, que de allí en adelante hacían parte del "campo
socialista". Murió luchando por revoluciones hermanas como la de
octubre de 1917. ¿Por qué los soviéticos no le brindaron entonces
un apoyo incondicional, una confianza absoluta?

Es que, desde su creación, la Unión Soviética trató de ser el
líder de los movimientos comunistas en el mundo. Bajo Stalin,
hasta 1953, solo Yugoslavia y China, todavía débiles después de
largos años de guerra, se mostraban reticentes a seguir las
órdenes del "hermano mayor" de los países socialistas. Estaba
admitido en los países del Este que era imposible el conflicto
entre dos países comunistas: la guerra era únicamente un producto
del imperialismo. Esta ideología, un tanto reductora, permitía
a los soviéticos, bajo el lema de la unidad, controlar desde el
Kremlin las relaciones internacionales de la mitad del mundo.

Nada los inquietaba más que los discursos que pregonaban nuevas
vías hacia el comunismo, que los jefes carismáticos que
quebrantaran su unidad de mando. Y el Che Guevara no era de los
personajes que aceptaban librarse de un imperialismo para
someterse a otro. En un momento crítico para los soviéticos -las
relaciones con los países de Europa del Este se degradan, la
ruptura con China se vuelve oficial en 1961- el líder rebelde de
las revoluciones latinoamericanas no podía sino inquietarlos.

Los agentes de la KGB rastreaban al Che tanto como los de la CIA,
y el Che lo sabía; tal era la desconfianza que les tenía que
solía decir, según Paco Ignacio Taibo, que si un agente soviético
se enteraba de su estadía clandestina en algún país, también lo
sabrían los servicios de inteligencia norteamericanos.

No resulta entonces sorprendente que las relaciones del Che con
los partidos comunistas fueron tantas veces agridulces, por no
decir amargas. La desaparición prematura de este crítico del
modelo económico soviético, del falso igualitarismo, de la
burocracia partidista debió aliviar a más de una de las grandes
potencias de la época.

UNOS BUSCABAN OTROS ESCONDIAN

La historia de los restos del Che, aunque algo macabra, muestra
cómo ciertos hombres, inquietos por lo que podría representar la
tumba de un guerrillero legendario, trataron de robarse la
memoria de un hombre y esconderla para siempre. Estos intentos
desembocaron en un estrepitoso fracaso, puesto que, 30 años
después de la muerte del Che, se sigue especulando sobre sus
restos.

En 1967, después de haber decidido con el presidente Barrientos
la ejecución del guerrillero, el general Ovando, comandante de
las Fuerzas Armadas bolivianas, sugirió cortarle las manos y la
cabeza para poder identificarlo correctamente y luego
incinerarlo. Un agente de la CIA, Félix Rodriguez, logró
convencerlo de que para la identificación bastaba con las manos,
y que la cúpula militar boliviana quedaría a los ojos del mundo
como una "tribu de bárbaros" si le cortaban la cabeza.

Los dirigentes bolivianos deseaban, ante todo, que la opinión
pública se convenciera de que el cuerpo había desaparecido, pero
una serie de declaraciones contradictorias de los altos mandos
del Ejército ridiculizaron estos intentos. De ahí en adelante,
el secreto de las FFAA bolivianas contrastó con los innumerables
rumores que rodearon a los restos.

Se necesitaron 28 años para que uno de los enterradores, el
general retirado Vargas Salinas, rompiera el silencio y
confirmara que el cuerpo había sido enterrado en el poblado
boliviano de Vallegrande. En noviembre de 1995 comenzaron las
excavaciones que, a inicios de este mes dieron con el cadáver
desaparecido.

Las manos, sin embargo, emprendieron un largo viaje.

El ministro boliviano del Interior, Antonio Arguedas, después de
haber combatido a la guerrilla, decidió guardar durante dos años
las manos del Che y, más tarde, arrepentido, se las dio a un
militante del Partido Comunista -Juan Coronel Quiroga, que relató
los hechos 28 años después de lo sucedido al diario "El Deber"-
para que se las llevara a Cuba.

Coronel las escondió debajo de su cama, aún en el frasquito de
formol, y después de causarles el susto de la vida a los dos
pequeños hijos de un amigo militante que jugaban bajo el lecho,
se marchó rumbo a Moscú. Desde la capital soviética, estas
extrañas "piezas" fueron llevadas, "mano en la mano", por otro
militante a su destino final, Cuba

CINCO AäOS A LA SOMBRA DEL CHE

Santiago Pérez conoció al "comandante" en Cuba, en 1960. El
entonces militante de izquierda cuenta que, desde allá, la Unión
Revolucionaria de Juventudes Ecuatorianas (URJE) trazaba para el
país un intento de revolución que, finalmente, falló.

El ahora empresario quiteño se quedó alrededor de cinco años
junto al Che, y con él anduvo por varios países centroamericanos
y Venezuela, aunque nunca vinieron al Ecuador. Guevara, sin
embargo, había estado aquí tiempo atrás, a mediados de los años
50, cuando aún no se enrolaba en la revolución cubana.

Recuerda que clareaban los años 60 cuando el Che le impuso la
ingrata tarea de trabajar un año en una sección del Ejército
denominada "LCB", es decir, "lucha contra bandidos". Y es que el
centro del pensamiento guevarista residía en una nueva visión del
trabajo que, lejos de ser una relación mercantil y de
explotación, tenía que ayudar a crear el "hombre nuevo", que
pusiera la sociedad antes que el individuo. Esta nueva visión se
ponía en práctica en el trabajo voluntario, que tan importante
era para el Che.

EN CARNE PROPIA

Pérez pudo ver como el "comandante" aplicaba estos principios
tanto en el Instituto Nacional de Reforma Agraria, como en el
Banco Nacional y el Ministerio de Industria. Pero, ante todo,
parecía increíble cómo el guerrillero aplicaba a su vida los
principios que defendía. Recuerda sus interminables jornadas de
trabajo, tanto en el ministerio como cortando caña de azúcar en
el campo, su "voluntad de hierro que no disminuía ni ante sus
fuertes ataques de asma".

Si bien Pérez acepta que el Che era un "soñador", agrega que
hacía realidad sus sueños, al menos en su propia existencia. Su
"enorme optimismo", que en ocasiones lo llevó a cometer errores
como el de menospreciar las fuerzas armadas de sus enemigos, era
la consecuencia de su confianza en que todos podían vivir con la
misma intensidad y fervor revolucionario que él. Esto lo lleva
a concluir que "si bien la fe mueve montañas, también puede cegar
en cierta medida a los hombres". (DIARIO HOY) (P. 6-A Y P. 7-A)
EXPLORED
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