Quito. 9 feb 2002. (Editorial) El joven Wilson Pacheco, ecuatoriano de 26
años, con esposa y tres hijos en el Ecuador, va a las tres de la mañana
del domingo pasado al bar-Caipirinha-del puerto de Barcelona. Le
acompañan dos compañeros paisanos y dos muchachas. No lleva los zapatos
precisos, por lo cual los guardias le niegan el ingreso al
establecimiento. Se arma el altercado, los unos piden compresión y
entendimiento; los otros insisten en que sin el atuendo correspondiente
no pueden ingresar. Y si porfían, que los despejarán de la faz de la
tierra.

Son tres guardias con sus respectivas cartucheras, y con la doble
autoridad de ser españoles y de ser guardias armados. A ellos se unen
otros más de establecimientos aledaños. El Maremágnum, entre otros.
Maremágnun es de fama por el racismo de su comportamiento, propina
palizas, se dice, "a gitanos, negros y moros".

Amenazados, los ecuatorianos comienzan la retirada, primero a paso
rápido, luego a pique y carrera, el que se queda atrás es Wilson, a quien
los guardias le caen a puntapié limpio, y en la parte que más duelen e
imposibilita: la cabeza. Un puntapié le asesta en la sien uno de los
guardias recién llegados, los otros ecuatorianos se han dado a la
completa fuga, dejando atrás al herido, en estado inconsciente. Uno de
los guardias, el más fornido, se dice que se trata de un estadounidense
de nombre James lo levanta y lo lleva en vilo a echarlo al mar, en son de
cháchara y broma, y de paso para aparentar que la víctima se lanzó al
agua con ganas de suicidio, o disimular a su vez que Wilson, debido a la
ebriedad, cayó y se ahogó en las aguas pútridas del embarcadero de
Barcelona: la ciudad catalana de mayor envergadura en la madre patria, la
Barcelona de Marta Ferrusola esposa de Jordi Pujol, presidente de la
Generalitat de Cataluña y de Heribert Barrera, ex presidente del
Parlamento de Cataluña, quienes, en numerosas ocasiones, en 2001,
hicieron incendiarias declaraciones, nacionalistas y racistas, en contra
del "alud de inmigrantes" que atenta a "la desaparición" de su dulce y
bermeja Cataluña. Ambos propugnaron que los inmigrantes deben de ser
tratados como inmigrantes; es decir como mal queridos, entrometidos e
inoportunos, y más si vienen de piel oscura, la misma Ferrusola y damas
afines pidieron al gobierno central mayores y más mordedoras leyes
inmigratorias, como el derecho que les asiste a las autoridades españolas
de exigir identificaciones en la calle, y la supresión de educación a los
hijos de inmigrantes, para ver si así, en palabras de Barrera: "Los
problemas del Tercer Mundo no caen sobre las espaldas de Cataluña, que
solo tiene seis millones de habitantes; no ha tenido colonias ni ha
tenido Estado". Jordi Pujol, presidente de la Generalitat, sufragó las
palabras de la esposa, e indicó que "la mayoría de los ciudadanos"
piensan como ella.

Esta es la misma ciudad de Barcelona que ahora es escenario de un
asesinato ferozmente filmado por una cámara de seguridad, que no miente,
que va a imposibilitar a los barceloneses negar que la xenofobia, el odio
y la repugnancia al extranjero e inmigrante dominan la vida de Cataluña,
más que en cualquier otra parte de la nación española.

Tres presuntas sombras asesinas asoman en el filme. A ver si las
autoridades ecuatorianas insisten, con los hilos diplomáticos que puden
mover, en que la justicia se aplique como si se tratara de un joven
Wilson Pacheco de España y Cataluña. Igual.

Con ello que sirva de escarmiento a los países de acogida o repulsión
migratoria, que los ciudadanos ecuatorianos seguirán amparados por la
justicia y celo de justicia que reina o debe de reinar en su país. Habida
cuenta que estos nacionales en tierra extraña, además de las penurias
discriminatorias, padecen del dolor de la ausencia de sus seres que
quedaron atrás. Y a quienes envían cantidades que alcanzan en su total a
la fortuna que genera el petróleo nacional.

La cámara no registrará el resultado de la autopsia. Los familiares de
Wilson no cuentan con los recursos necesarios para una justicia limpia y
cabal. Pero sí el Ecuador, los diplomáticos pueden dar fe de que en
España, como en el resto del planeta, sus ciudadanos serán protegidos con
la debida tutela y cuidado, tanto como, o mejor que en la tierra propia.
Y los medios de comunicación deben llevar sus cámaras como lo hacen a los
estadios a las cortes catalanas, para constancia.

Individuos como Wilson Pacheco no son turistas. Son un conglomerado
humano de trabajo, desplazado no por placer sino por necesidad.

*Profesor ecuatoriano en la Universidad de Minnesota, Morris, EEUU
(Diario Hoy)
EXPLORED
en Ciudad Quito

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