12 Km de playas manabitas son privadas


Publicado el 25/Mayo/2003 | 00:00

Los cinco kilómetros de orillas, desde Punta El Michugo, al norte, hasta Punta Cabezona, al sur, donde existen dos ensenadas perfiladas por hermosos acantilados, ya no pueden ser visitadas por los comuneros ni por turistas.

Asimismo, en la zona norte de Guayas, los pobladores de sitios como San José, Las Núñez, La Curía y La Entrada vendieron hace más de 15 años las tierras ubicadas al filo de la playa, a lo largo de siete kilómetros. De los 12 kilómetros vendidos en Guayas y Manabí, la mayoría tiene los accesos cerrados.

No hay una legislación que prohíba el bloqueo de los pasos. El sitio Mamey de Río Chico, en la margen derecha de la vía costanera, ha quedado reducido de 11 hectáreas a una, en solo cuatro años.

Los comuneros vendieron 10 hectáreas a la inmobiliaria Tocuyo, cuyo principal accionista es el suizo Patrick Bredthauer Backoff.

Tras la venta, algunos comuneros se fueron a Guayaquil y otros se convirtieron en arrendatarios. En El Mamey solo quedan nueve familias, las que no vendieron sus solares.

La inmobiliaria cercó con alambre de púas las tierras compradas y dejó a los pobladores de El Mamey reducidos a una especie de campo de concentración. Néstor Figueroa, de 10 años, y Jorge Pin, de ocho, al igual que otros 20 niños, ya no pueden jugar fútbol, pues corren el peligro de chocar con la alambrada.

El acceso al río y al mar es imposible. Santa Piguave, habitante del lugar, dice que lo único que les queda es oír cuando el mar brama. “Ya no podemos salir a la playa a ver pescaditos, ostiones y peor aún a bañarnos...”.

Lo que sucede en El Mamey es un reflejo de lo que ocurre en el resto de Río Chico. La inmobiliaria cercó sus propiedades de 450 hectáreas. Las verjas también cerraron los accesos al poblado y al estero La Canoa.

“En verano, los cauces hacían las veces de camino para llegar al mar, hoy no podemos transitar”, dice Marcial Figueroa. Otro sitio, una franja de 42 hectáreas que da a la ensenada, fue adquirida hace 18 años por Alfonso Pinargote.

“Cuando negocié estas tierras nunca hubo un camino y así lo confirma un informe del Ministerio de Obras Públicas. Invertí dinero en abrir un sendero carrozable desde el filo de la carretera hasta mi hostería.

Cobro un dólar a los turistas que quieren acceder a la playa que es pública. Al pagar ese dólar pueden utilizar las duchas e incluso utilizar los servicios del restaurante de la hostería. Los comuneros no pagan, pero deben dejar una identificación, pues ésta es una propiedad privada” , expresa Pinargote.

Para Jorge Salazar, dueño de la Hostería Río Chico, a 10 metros de la carretera, los comuneros fueron engañados por quienes les compraron los solares junto al mar.

“Les ofrecieron trabajo fijo como jornaleros y hoy la gente no tiene acceso a la playa. Cinco kilómetros, de punta El Michugo a punta Cabezona, están actualmente privatizados”.

Según Patrick Bredthauer, su objetivo al comprar las tierras fue construir un proyecto turístico a gran escala para mejorar las condiciones de vida de los habitantes de Salango.

“Las condiciones no se dieron y preferí sembrar árboles para mejorar el ecosistema”, manifiesta Bredthauer.

Y añade que el acceso a la playa por Los Ostionales está habilitado, pero únicamente para los comuneros de Salango y de Río Chico.

Una legislación compleja enreda a las comunidades

La Constitución del Estado de 1998 estipula que las tierras comunitarias son inalienables, inembargables e indivisibles.

Pero esa legislación no es retroactiva. Ahora, las comunas requieren una legislación que impida a los nuevos propietarios cerrar los accesos, que cruzan por los terrenos vendidos.

Solo existe una disposición de procedimientos para la negociación de terrenos comunitarios, según la Dirección Provincial Agropecuaria de Manabí, adscrita al Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), que puede o no autorizar la venta.

El trámite empieza con una solicitud que debe presentar el campesino al presidente del cabildo de la comuna.

En el documento, deben constar la superficie, los linderos, la extensión y el valor del predio.

La propuesta es analizada por el cabildo, que inspecciona el lugar y emite un informe. Éste, posteriormente, se pone en consideración de los comuneros en una asamblea.

Luego, las resoluciones y las solicitudes de avalúo del predio a la Dirección Nacional de Avalúos y Catastros son enviadas la Dirección Provincial Agropecuaria. Ésta traslada el trámite a Agricultura que, mediante acuerdo ministerial, autoriza si procede o no la compraventa.

Según Robinson Arcos, vecino de la comuna de Salango (Río Chico), el ex procurador Ramón Jiménez Carbo, se pronunció sobre este caso, pero nada quedó en claro.

Opinó que la definición de Salango como pueblo montubio o ancestral le corresponde al Consejo de Desarrollo de las Nacionalidades y Pueblos del Ecuador (Codenpe).

También explicó que las tierras comunitarias de propiedad de los pueblos montubios pueden ser objeto de división o enajenación, luego del cumplimiento de la Ley Orgánica y Régimen de Comunas Campesinas.

El Codenpe, en enero de este año, determinó que la comuna Salango, históricamente, ha formado parte del pueblo Manta-Huncavilca.

“Por ello, sus tierras no pueden ser vendidas”, señala Arcos. Añade que Organización Internacional del Trabajo estipula, en el artículo 17, que deberá impedirse que personas extrañas a los pueblos ancestrales puedan aprovecharse de las costumbres de esos pueblos o de su desconocimiento de las leyes para arrogarse la propiedad, la posesión o el uso de sus tierras.

Las construcciones tapan el paisaje del Pacífico

En el perfil costanero, al norte del Guayas, desde Olón hasta la comuna La Entrada, que limita con el sur de Manabí, la edificación de casas para veraneo de familias guayaquileñas se desarrolló en una longitud de siete kilómetros; a lo largo de tres no hay paso a la playa.

Ese proceso data de hace unos 15 años. Las propuestas de compraventa de la tierra comunitaria al filo de la playa empezó en 1965, cuenta Hilda Plúa, de la comuna San José.

Desde el puente de la comuna La Entrada hasta el acantilado del santuario de Olón todo está lotizado. Los anuncios de venta de solares, casas y grandes extensiones de terrenos están ubicados entre los cercos de las lotizaciones.

Algunos de los terrenos se ofertan con obras de infraestructura básica y hasta cercas eléctricas. Las edificaciones de lujo van de la comuna La Entrada hacia Las Núñez.

Todas las viviendas miran al mar. Los cerramientos de hasta tres metros de altura y que están al filo de la vía costanera, además de cerrar el paso a la playa también borraron las vistas panorámicas del Océano.

El oleaje del mar solo se puede apreciar cuando se abren los grandes portones de esas propiedades. Pero desde las comunas La Entrada, Las Núñez, San José y La Curia sí se accede a la playa por los caminos tradicionales.

Allí, los comuneros aún pueden disfrutar del mar. Según Juan Baque, presidente de La Entrada, los vecinos de las cuatro comunas empezaron a vender masivamente las tierras que dan a la playa desde 1988. “Llegaba gente acaudalada de Guayaquil para ofrecernos tentadoras sumas de dinero.

Muchos vendieron y posteriormente compraron pequeños terrenos ubicados en la parte alta de una montaña. Felizmente aquí tuvimos la precaución de no vender las tierras con los caminos de acceso al mar, como sí ocurrió en nuestra vecina de Salango, reseña.

Los comuneros, sin embargo, tienen problemas para construir. Las autoridades quieren aplicar las regulaciones para edificar solo a los comuneros, manifiesta Baque.

“Cuando nosotros, los dueños ancestrales de las tierras, queremos alzar una pared al filo de la vía, las leyes nos llueven para impedirnos”.

En la actualidad varias propiedades construidas en el tramo de tres km están de venta. Los precios por el valor agregado de la infraestructura van de 40 000 a 200 000 dólares.

Un candado cierra el paso a la playa en Los Ostionales

El Cabildo de la comuna Salango vendió 34,32 hectáreas, al norte de río Chico, el 31 de diciembre del 2001.

Allí existía el camino ancestral y público Los Ostionales, que medía seis metros de ancho por 350 metros de largo.

Su nombre se debe a la abundancia del ostión en una zona rocosa, donde el acantilado se divide y permite el ingreso desde tierra firme hacia el mar.

Hasta el 19 de diciembre del año pasado, por allí transitaban libremente los comuneros y los turistas que querían llegar a la playa de Río Chico.

Pero en el contrato de venta que la comuna hizo con la misma inmobiliaria Tocuyo se estipula que “solo se dejará un paso peatonal para facilitar el ingreso de los habitantes de Salango y el recinto Río Chico, pero no de turistas u otra clase de personas...”.

Así quedó establecido en la cláusula sexta de la escritura pública, cuenta Fulbio Reyes Jara, el presidente de la comuna de Salango.

En la actualidad, ese paso está cerrado con postes de estructura de hormigón y una cadena gruesa con candado.

Por Los Ostionales llegaban los habitantes de Salango y Río Chico para recolectar ostiones, pulpos, langostas, pescado de roca y hasta para bañarse.

Ahora 20 buzos de Salango pueden arribar hacia Los Ostionales solo por el mar, para extraer la concha ‘spondylus’ y percebe, dos mariscos ancestrales. Antes entrábamos caminando por Los Ostionales, cuenta Richard Gutiérrez, un buzo que trabaja en la zona.

La pérdida de accesos al mar privó a la población, que suma 700 personas, de llevar adelante proyectos de turismo comunitario, agroturismo, turismo acuático, campestre y de montaña.

“Ninguna organización no gubernamental a la que hemos acudido quiere inmiscuirse en la zona”, afirma Arcos.
Solo algunos jóvenes permanecen todavía con sus familias en el sitio. Muchos salieron a Puerto López a trabajar en los restaurantes y hoteles.

“Los extranjeros llegan en cantidad y hay que atenderlos. Me gano unos 500 dólares en esos cuatro meses, que me alcanzan para sobrevivir hasta fin de año”, cuenta Segundo Carvajal, vecino de Río Chico.

Otros prefieren dedicarse a la pesca en Puerto López. “Aquí ya no podemos dejar nuestras embarcaciones, solo vemos la playa y el mar, pero ya nada nos queda”, dice con melancolía Francisco Lucas.

Ciudad Quito



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